Obituario

Carlos Núñez, cronista de una Barcelona que se desvaneció

El periodista, que formó parte de la sección de espectáculos de EL PERIÓDICO, vivió, entre los 80 y los 90, los mejores años de la ciudad y supo contarle al público su intensa vida nocturna

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Carlos Nuñez Otero.

Carlos Nuñez Otero.

Algún día Barcelona se dará cuenta de que ha tirado por la borda los mejores años de su vida como ciudad –si no ha empezado a hacerlo ya—en términos de paz, alegría, prosperidad y concordia civil. Las ciudades se revelan a sí mismas en la manera de divertirse, en ciertos modos de vida social, en costumbres no escritas relativas a la vida cotidiana y en los entresijos de lo que solemos llamar frivolidad cuando lo tenemos frente a nuestras narices, pero que de hecho es la apariencia superficial de un cierto latido muchísimo más profundo. La vida nocturna, la moda, las diversiones, el baile, la música y las formas diversas de lo que consideramos frívolo e intrascendente han hablado de nuestra ciudad, década tras década, con mayor claridad que otros aspectos de mayor enjundia. Ahora aún no tenemos la suficiente perspectiva, pero cuando haya pasado la pandemia y tengamos que vérnoslas y deseárnoslas para que regrese lo que queda del turismo, o cuando haya que reconstruir una hostelería destripada tanto por las circunstancias como por la desidia inoperante de algunos y por la avaricia incompetente de otros más, recordaremos una época que fue brillante y estimulante como lo fue la era del Paral·lel de entreguerras o el tiempo en que la electricidad comenzó a sustituir a la luz de gas en el alumbrado público.

Para conocer y comprender esta época que se ha desvanecido ante nuestra presencia habrá que echar mano de personas que en su momento supieron transmitir la huella de su tiempo, como Ricard Opisso en la ilustración o Ángel Zúñiga en el periodismo. Ahora necesitaremos el talento de alguien a quien hemos perdido esta semana, víctima del covid-19, y que fue miembro de la redacción de EL PERIÓDICO: Carlos Núñez, cronista de la vida nocturna, de los espectáculos y la música joven, la moda y las relaciones sociales, los famosos y la vida de la ciudad en el momento en que esta se ajusta los zapatos brillantes para saltar a la pista en la que se baila la alegría de vivir.

Fue quien mejor explicó la personalidad de Julio Iglesias a través de su ambiente en Miami o las entretelas de las bambalinas barcelonesas

Carlos Núñez nunca quiso darse importancia a sí mismo e ir más allá del redactor eficaz y el reportero que nunca falla. Sin embargo, fue el periodista que mejor supo explicar la personalidad de Julio Iglesias a través de su ambiente en Miami o las entretelas de las bambalinas barcelonesas. Escribió con una pluma finísima y obsequió con un trato personal excelente y distinguido a todos sin excepción, incluso a quienes no lo merecían, con una educación –de la mundana y de la cívica—que se lleva cada vez menos. En el momento de escribir estas líneas, los amigos que lo trataron hacen hervir las redes sociales de internet sin que surja ninguna palabra discordante de un sentir general: a Carlos Núñez le quería y respetaba todo el mundo.

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Carlos llegó a la redacción de EL PERIÓDICO en sus momentos iniciales y enseguida se situó entre quienes mejor comprendieron el espíritu y la práctica del diario creado por Antonio Franco. Un diario popular que no debía excluir a nadie y cumplir con la obligación del periodismo democrático: informar, entretener y formar. Fue miembro de la sección de espectáculos dirigida por Margarita Rivière –otra inolvidable profesional que también nos dejó—y desde allí sirvió a los lectores y a su diario en lugar de servirse de él y volver la espalda al público. Quienes compartimos con él la jornada de trabajo pudimos disfrutar de su compañerismo ejemplar y su afecto generoso, y sobre todo, de una moderación en el trato de asuntos informativos en los que a menudo se movían egos agigantados. Entre los años 80 y 90 vivió los mejores años de la Barcelona contemporánea y supo mostrar al público lo más interesante de la ciudad en el momento en que una parte de su vecindario se retiraba al dormitorio y otra parte se dedicaba a vivir con más intensidad que durante la vigilia. Sin pretensiones sociológicas, su trabajo servirá para que en el futuro sus crónicas sean soporte para lo que ahora se llaman “estudios culturales” si es que quienes practiquen entonces las etnografías siguen ejerciendo.

En los últimos tiempos Carlos Núñez estaba preocupado por esa capacidad barcelonesa por mandarlo todo al garete de vez en cuando. Desde la radio y las redes sociales de internet expresaba a menudo su perplejidad por esa extraña y nueva habilidad de, con o sin virus, hacer las cosas al revés. Extremadamente educado y cuidadoso, mantenía la curiosidad intacta y el corazón limpio, para poder explicar cómo son las cosas vistas de cerca. Y fue capaz de hacer la magia que permite, así, verlas. Era un periodista, caramba.