Insumisos de las restricciones

Normalidad de estercolero

No sé cómo podría administrarse a este colectivo de incumplidores de la norma la vacuna del deber social, pero sí sé que las miserias del rifirrafe político no ayudan nada.

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Botellón en la plaza dels Àngels de Barcelona. / MANU MITRU

No son solo cifras. No son datos perdidos en la maraña de números de la pandemia. No son muchos. Pero sí muy dañinos. Por lo que hacen y por el ejemplo que dan. Y creo que deben ser estudiados como un fenómeno. Son los -y las- que se organizan cada fin de semana y se pasan por el forro las restricciones para frenar al bicho. No son forzosamente negacionistas, antivacunas o antisistema. Hay adolescentes, jóvenes, maduros e incluso algún veterano. Son los apóstoles de la transgresión pandémica.

El otro día apelé a la opinión de algunos filósofos para tratar de entender qué se esconde en la cabeza de esta gente y me topé con reflexiones sobre individualismo, hedonismo, exhibicionismo…a las que se podrían perfectamente confrontar solidaridad, responsabilidad y sensatez. Es verdad que el universo desatado de las redes sociales ha impuesto una religión donde el deseo, el placer y la recompensa inmediata pasan por delante de cualquier otra consideración, pero también se echa en falta una mayor pedagogía del sufrimiento del otro.

Porque para los incumplidores de normas e insumisos de la emergencia, la disyuntiva es clara: quedar en casa de un colega, o en un garaje, tomarse unos cubatas en grupo - o lo que se tercie- y poner música, tiene gratificación garantizada; en cambio infectarse, enfermar o contagiar a los demás es solo una probabilidad. No sé cómo podría administrarse a este colectivo la vacuna del deber social, pero sí sé que las miserias del rifirrafe político no ayudan nada.

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