Economías de red

El capital social para el progreso del país

El sentimiento comunitario tiene beneficios económicos tangibles, pero también riesgos

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Vecinos de Gràcia preparan las fiestas de agosto del 2014. Todo un ejemplo de asociacionismo.

Vecinos de Gràcia preparan las fiestas de agosto del 2014. Todo un ejemplo de asociacionismo. / Raquel González

En el estudio de la economía, hasta hace muy poco se había pensado que el progreso económico venía solo de la mano de los avances tecnológicos y de las mejoras de los factores productivos, maquinaria y trabajo, en forma de productividad. Ladrillo, alambre y capital físico por un lado, y esfuerzo y talento productivo por otro, se configuraban como las herramientas del crecimiento económico. Pero he aquí que desde la observación periférica de la economía algunos analistas vieron la importancia de un nuevo elemento que emergía de las realidades económicas que, por catalogarlo de alguna manera, llamaron 'capital social '.

Partían los estudiosos de la observación de que en pequeñas comunidades el sentimiento de pertenencia a una red relacional, sentida como propia, ayudaba bastante al progreso por la vía implícita de la eliminación de las fricciones que rodean normalmente a las transacciones mercantiles. El capital social era una especie de vaselina que ponía grasa a los ejes de las relaciones económicas y sociales. De modo que una sociedad que tenía sentimiento comunitario, en la que la reputación y la buena vecindad contaban mucho, donde las relaciones se mantenían de buena fe (hoy por ti mañana por mí), los costes se reducían: menores costes -'de transacción', decimos los economistas- ligados a las relaciones humanas que de otro modo requieren contratos explícitos, arbitrajes o juicios mercantiles.

Gastos de intermediación asociados a los de producción, de forma que, a través de aquel capital social, se asegura que a la ventaja de la productividad no la dañara un entorno de desconfianza en las relaciones humanas. Cuando con un sencillo apretón de manos es suficiente para cerrar un acuerdo, cuando el oportunismo de sacar provecho en cada interacción personal no conviene ni a la persona más egoísta, en un mundo en el que 'no se dispara nunca con un solo tiro' -que son 'juegos repetidos', como los llamamos los economistas-, en el que a todos les conviene quedar bien.

La idea de capital social se empezó a analizar en pequeñas comunidades en Estados Unidos: familias extensivas italianas, grupos de ayuda 'encuadernados' (religiosos), redes extendidas de apoyo a inmigrantes, etcétera, y todo esto poniendo en valor un intangible hasta el momento desconocido por los 'productivistas'. Hoy ya han sido teorizadas con el nombre de 'economías de red', aquellas que se hacen más fuertes cuanto más gente se suma, y ​​así son más atractivas y potentes para 'direccionar' el progreso comunitario.

Como ocurre con el colesterol, hay capital social bueno (escuela inclusiva, asociacionismo...) y malo (quien en un partido o ideología rechaza todo lo que dicen los otros)

Cuando no es este el caso y la gente piensa que en un mundo cada vez más difícil es necesario que cada uno se proteja por su cuenta, desvía sus energías, tiempo y recursos al juego de suma cero de la distribución del pastel, y se aleja de la suma positiva de hacer el pastel más grande y valioso. La captura de rentas sustituye su creación y se entra en un círculo vicioso que empobrece al conjunto. Y ya se sabe: en un contexto tan triste como este, los ricos y poderosos están más preparados para defender su porción, y en la medida que la preservan en detrimento del resto, la desigualdad aumenta. La desigualdad en este sentido es insana, crea una sociedad en la que quien lo consigue se cree que lo hace por méritos propios, despreciando la solidaridad recibida, y quien no lo consigue se siente culpable. Enfermos por desesperación, este es el nuevo estigma de los perdedores que se quedan rezagados.

Pero, como ocurre con el colesterol, hay capital social bueno y malo. El bueno es el que primero liga en sí mismo y luego se une con otros: identifica la parte y al mismo tiempo tiende puentes para vincularse con el resto. De lo contrario, el sentido de pertenencia puede generar un capital que polariza, actuando de manera contraria a la cohesión social deseada.

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Este capital social bueno lo vemos cerca cuando los padres de autóctonos y de inmigrantes, por ejemplo, comparten coche para llevar a sus hijos a jugar al fútbol, ​​y se abrazan cuando el equipo gana con el gol de aquel pequeño inmigrado que quizá sea un nuevo Messi. Colesterol bueno lo tenemos en la escuela inclusiva, en el asociacionismo, en el canto coral, en el uso de la lengua y en las tradiciones compartidas. El malo lo vemos cuando la pequeña comunidad se encuentra el domingo por la tarde para añorar el lugar de origen, ante la hostilidad sentida en el día a día por parte de quien los acoge o se aprovecha de ellos. Asimismo encontramos el colesterol que infarta en quien se hace fuerte en un partido político o ideología para rechazar todo lo que dicen los otros, de entrada, sin valorar las razones.

De todo ello en nuestro país tenemos suficientes ejemplos.