Cambio climático

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Un aerogenerador eólico delante de las torres de ventilación de la central térmica de Gelsenkirchen, en el estado alemán de Renania del Norte-Westfalia.

Un aerogenerador eólico delante de las torres de ventilación de la central térmica de Gelsenkirchen, en el estado alemán de Renania del Norte-Westfalia. / MARTIN MEISSNER (AP)

El pasado 12 de diciembre, los países adheridos al Acuerdo de París se reunían (esta vez virtualmente) para pasar revista a lo logrado en el primer lustro de existencia del pacto y valorar nuevos compromisos para reducir aún más las emisiones de gases de efecto invernadero que están calentando el planeta.

Ciertamente, el acuerdo ha servido para que la lucha contra el cambio climático sea una prioridad en la mayoría de países del mundo, avanzando así hacia el objetivo de evitar que las temperaturas medias globales aumenten en más de 2ºC respecto a los niveles preindustriales. Sin embargo, el balance del esfuerzo realizado también presenta sombras: muchos países no han honrado los compromisos adquiridos e, incluso si estos se cumplieran, las evidencias científicas apuntan a que las temperaturas globales aumentarían en torno a los 2,6ºC en 2100, lo que acentúa la necesidad de emprender acciones mucho más drásticas de las acordadas en 2015.

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El Acuerdo de París combina un elevado grado de ambición con la práctica ausencia de mecanismos que obliguen al estricto cumplimiento de los compromisos nacionales. Hoy en día, dicho acuerdo aúna a 189 países en el objetivo común de implementar medidas para que a finales del presente siglo el aumento de la temperatura media global quede “muy por debajo” de 2ºC. A nadie se le escapa que para ello sería necesario, a escala global, desengancharse de la adicción a los combustibles fósiles, poner freno a la deforestación, revisar el modelo de producción de alimentos y encontrar formas de retirar de la atmósfera los gases de efecto invernadero acumulados en ella. Sin embargo, para alcanzar sus objetivos, el Acuerdo de París permite que cada país elabore sus propios planes y metas, sin que su incumplimiento apenas tenga consecuencias.

La idea era crear una estructura dinámica que pudiera evolucionar en respuesta a cambios en las economías nacionales, la tecnología y la voluntad política. Esta flexibilidad ha permitido recientemente a varios países anunciar su intención de reducir a cero sus emisiones netas en 2050, reforzando así sus compromisos iniciales. Este es el caso de la UE, Canadá, Corea del Sur, Japón, Sudáfrica y el Reino Unido. Asimismo, el presidente de EEUU, Joe Biden, también ha explicitado su respaldo a dicho objetivo, asegurando que la lucha contra el cambio climático será un eje central de su administración. Por otra parte, China, la primera fuente de emisiones del mundo, ha anunciado que reducirá su contaminación climática más rápido de lo inicialmente prometido, fijándose el objetivo de alcanzar la neutralidad de emisiones en 2060. El Acuerdo de Paris está vivo y avanza en el cumplimiento de sus objetivos.

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Sin embargo, en el transcurso del último lustro, los movimientos prometedores se han visto contrarrestados por acontecimientos menos alentadores. Por ejemplo, el ya expresidente Donald Trump retiró a EEUU del Acuerdo de París (Biden planea volver a unirse a él lo más rápidamente posible). Al mismo tiempo, Rusia y Brasil, otros dos países clave en la lucha contra el cambio climático, se han burlado del acuerdo y concretamente en el segundo de estos países, bajo el gobierno del presidente Jair Bolsonaro, la deforestación se ha disparado en la Amazonía, liberando grandes cantidades de dióxido de carbono que había sido almacenado en la masa forestal y en el suelo. Estos acontecimientos, sumados al incumplimiento por parte de otros muchos países de sus compromisos nacionales, ha llevado a que las emisiones globales de gases de efecto invernadero continuarán aumentando, alcanzando un máximo histórico en 2019. Y aunque en 2020 la pandemia haya causado una caída de las emisiones de alrededor del 7% en relación a 2019, se teme que estemos ante un fenómeno temporal y que las emisiones vuelvan a aumentar tan pronto como las economías se reactiven.

Mientras tanto, las agujas siguen avanzando inexorablemente en el reloj:  según los datos aportados por un proyecto científico de seguimiento de las emisiones, al ritmo actual, el mundo tan solo dispone de siete años para no sobrepasar el nivel de emisiones que permitiría asegurar en 2100 un aumento de la temperatura global por debajo de 1,5ºC.