Ciencia

Vacúnense, por favor

La inmunidad grupal nos permitirá recobrar vidas parecidas a las de antes de 2020, quizás mejores por un tiempo recordando el sufrimientos de tantos en esta época reciente

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Una dosis de la vacuna.

Una dosis de la vacuna. / EP

Estaba en una librería especializada ojeando las nuevas adquisiciones y el dependiente, conociendo que soy habitual de la tienda y mi oficio, se me acercó: «¿Qué crees de todo esto del covid-19? ¿Y de las vacunas?». Preguntas que me han hecho muchas personas estos últimos meses. Respondí lo que he contestado todo este tiempo y que está basado en los datos de los hechos de los que tengo información. El SARS-CoV-2 no fue originado artificialmente, las vacunas no son una forma de dar expresamente un beneficio económico a determinadas compañías farmacéuticas y no se trata de un complot planetario planeado por lagartos u otra orden secreta. Se trata de una enfermedad de nueva aparición debida a un virus cuyos parientes próximos ya habían originado patologías en cierta forma similares: el SARS-CoV, causando el síndrome respiratorio agudo grave (SARS) en 2002, y el MERS-CoV, causando el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) en 2012.

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Se transmite de forma rápida y particularmente la infección puede ser severa en personas con patologías crónicas de base (obesidad, diabetes, alteraciones cardiovasculares...) y en pacientes con defectos inmunitarios, como sería el caso de ciertas enfermedades minoritarias observadas en niños y adolescentes. En cuanto a otras variables poblacionales se confirma que las mujeres toleran mejor la infección que los hombres y que la edad es un factor determinante. Las probabilidades de padecer un covid-19 grave aumentan superados los 50 años, mucho más por encima de los 60, se incrementan todavía más a partir de los 70, y suma y sigue. Excepciones siempre existen y es magnífico observar como personas de 90 años a veces superan la enfermedad, y la resiliencia de las mismas merece ser estudiada.

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¿Qué podemos hacer? Los que me conocen bien saben que soy proactivo y de decisiones rápidas. Evidentemente, como en toda enfermedad infecciosa que afecta a una gran parte de la población, las actividades de prevención son el primer eslabón de la cadena. Desde el uso prioritario de mascarillas fuera de las famosas «burbujas» de convivencia o trato hasta las medidas de restricción de movilidad y actividad para disminuir la transmisión de la enfermedad. Su grado extremo ya lo observamos en el tiempo de confinamiento del año pasado. Sin embargo, como individuos y profesionales de una sociedad moderna, tenemos que procurar pensar en el futuro superando estas actuaciones que se repiten en la historia de la Medicina. Y donde se encuentra la solución para ese amanecer más brillante es en las vacunas. La vacunación masiva de la población provocará el fin de la pandemia. Por tanto, sin olvidar todos los esfuerzos dedicados a evitar contagios y reforzar el sistema sanitario pare evitar el colapso de las UCI en las próximas semanas o meses, tenemos que reforzar la investigación en las vacunas y dar los medios necesarios para que todos los individuos tengan la posibilidad de recibirlas. Después del esfuerzo extraordinario que miles de científicos de todo el mundo en un tiempo récord han permitido el desarrollo de vacunas efectivas, no puede ser que la administración de las mismas se lleve a cabo de forma tan lenta. La Unión Europea ha hecho un esfuerzo económico para disponer de las mismas y ahora tenemos que dar ejemplo a nivel local que podemos hacerlas llegar a todos. Esta inmunidad grupal nos permitirá recobrar vidas parecidas a las de antes de 2020, quizás mejores por un tiempo recordando el sufrimientos de tantos en esta época reciente.

Quisiera acabar recordando que una de las virtudes de los científicos, igual que de los artistas o escritores, debería ser la imaginación. Pongámonos en la piel del pionero de las vacunas Edward Jenner poniendo la primera de las mismas en 1796 a un niño de ocho años hijo su jardinero, dirigida contra la viruela. Y comparémoslo por ejemplo con las vacunas actuales basadas en ácido ribonucleico (ARN) del virus del covid-19. Se frotaría los ojos en completa estupefacción. Vacunas de ARN que han sido posibles al esfuerzo, entre muchos otros científicos, de emigrantes turcos en Alemania (Ugur Sahin y Ozlem Tureci) y de una mujer húngara cuyas solicitudes de financiación para sus proyectos de investigación fueron denegadas durante varios años (Katalin Karikó). Hoy en día los tenemos en las quinielas de los candidatos al Premio Nobel. Como siempre la Ciencia es la respuesta, y la valoración del talento sin ninguna discriminación un ingrediente imprescindible. Pues eso, por ustedes, por su familia, por sus amigos, por todos nosotros, vacúnense cuando puedan. Gracias de parte de todos. ¡Yo ya espero con ilusión mi dosis!