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Querer, saber, deber

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Nadal golpea una derecha, en la final ante Tsitsipas.

Nadal golpea una derecha, en la final ante Tsitsipas. / EFE

Hijo, tú serás lo que quieras. Hijo, tú serás lo que puedas. Hijo, tú serás lo que debas. ¿Cuál escucharon de pequeños y cuál les hubiera gustado escuchar? ¿O cuáles son las que ponen o han puesto en práctica si miran hacia abajo? La primera amaga la máxima exigencia en un envase de ilusión. La segunda tiene el tono gris del conformismo de la aceptación de los límites. La tercera es el sacrificio puro, el renunciar a uno mismo para satisfacer a los otros.

Es una trampa. No existen fronteras tan nítidas. Al final la salsa del yo es el resultante de los tres vectores: querer, saber, deber. Aunque sí es cierto que a cada cuerpo le van dosis distintas de cada ingrediente. Hay quien renuncia a los sueños, hay quien nunca se pone a prueba y también quien nunca cumplirá con ninguna obligación. Del mismo modo hay soñadores que vuelan tan alto que forzosamente han de estrellarse, como existen los que se niegan a aceptar unos límites que indefectiblemente están ahí y los que no hacen otra cosa que recibir y cumplir órdenes. Entre estos extremos corren las arterías de la mayoría de las vidas, cierto que en un precario equilibrio. Lo dicho, querer, saber, deber.

Adiós a las canchas

Se ha retirado el tenista Carlos Boluda con 27 años. Lo escribo pensando que saben de quien se trata y puede que no sea así. Boluda fue durante un tiempo la gran promesa del tenis español, el nuevo Rafa Nadal para los periodistas, el cuerpecillo de niño sobre el que se construía un futuro lleno de épica tras ganar dos torneos Petit As, reconocido informalmente como el mundial del tenis infantil.

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Las entrevistas con motivo de su adiós a las canchas son una colección de perlas para los psicólogos del deporte y de la vida. ¿Quería Boluda ser tenista? ¿Lo ha disfrutado? ¿Ha tardado demasiado en imponer su deseo de otra vida a los de los demás? ¿Tanto cuesta reconocer los propios límites y aceptar que nunca se va a dar el salto definitivo a la cima? ¿Cuántas veces tiene que burlarse de ti el público para que aceptes sin demora ver tu imagen real en el espejo? ¿Y los padres, qué dirán ante tanta proyección de sí mismos enterrada definitivamente? ¿Quería ser tenista o le hicieron tenista? Algunas de estas cuestiones se resuelven con el titular que más ha repetido: dejar el tenis ha sido una liberación, como si fuera un Prometeo encadenado que ha podido escapar del castigo eterno que le consumía. Así pues, de retorno al principio, en la vida deportiva de este chico cual ha debido ser el peso de cada factor: ¿quería, sabía o debía ser tenista?

Son entrevistas, las suyas, con un claro fondo de amargura. En sus palabras se advierten fácilmente los momentos de dolor, frustración y sin sentido que se adueñaron del chaval a medida que chocaba con la realidad de unas expectativas que no podían concretarse. Habla como si, con 27 años, haya vivido una vida entera y que, llegado el momento de hacer inventario, hubiera preferido que todo fuese más corto y durase todavía menos de lo que lo ha hecho. El deporte de aspiración elitista vivido como una esclavitud impuesta por uno mismo y por el entorno. Una pena que se arrastra hasta que uno, valiente, se desnuda o deja que le desnuden. Se cuentan por millares los Boluda. En el tenis y en todos los deportes. 

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