Pros y contras

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El vicepresidente segundo, Pablo Iglesias.

El vicepresidente segundo, Pablo Iglesias. / EFE

Que el exilio de los republicanos y el de Carles Puigdemont no tienen nada que ver es obvio. La desigual situación histórica, política, económica y emocional de unos y otro los convierte en incomparables. Y también parece obvio que Pablo Iglesias lo sabía cuando quiso equipararlos. A algún propósito político responderá la desmesura, pero ¿y si no todo es tacticismo? 

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Que España es una democracia plena lo reconocen la comunidad internacional y todos los rankings que miden la calidad democrática de los países. Pero sobre sus hombros aún quedan restos de caspa franquista, también de su combate. Frente a la dictadura se forjaron alianzas que prevalecen en la memoria sentimental. Aún hay cierta izquierda española que cree ver en el nacionalismo catalán un compañero de viaje contra los abusos del Estado (que haberlos, haylos), aunque buena parte de ese nacionalismo se halle en las antípodas del progresismo. Iglesias se crece con la provocación, pero no entiende la desesperanza que causa en buena parte de la izquierda catalana no nacionalista. Hoy, un poco más solos frente a la estrategia independentista de fagocitar todos los terrenos ideológicos.