La crisis del coronavirus

Cansancio pandémico y doble recesión

No pedir recursos a la UE para poder compensar a los sectores afectados por las restricciones y cifrarlo todo a la buena voluntad ciudadana prolonga una doble agonía: la productiva y la sanitaria

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La unidad de pacientes semicríticos de Vall d’Hebron, preparada para atender enfermos de covid.

La unidad de pacientes semicríticos de Vall d’Hebron, preparada para atender enfermos de covid. / Ferran Nadeu

Si algo puede salir mal, saldrá mal, postula la primera ley de Murphy. En todo caso, tenga o no razón Murphy, lo que podía pasar ha pasado y, de nuevo, nos ha vuelto a coger el toro, con lo que las perspectivas de una fuerte e inmediata recuperación de la economía en 2021 se reducen y difuminan. Ahora, a la espera de que el INE, el Banco de España, el FMI y las autoridades europeas nos indiquen cómo terminó 2020, y qué esperan para 2021, los signos que se acumulan no son positivos: es probable que el cuarto trimestre del pasado año muestre una nueva caída del PIB y que los primeros meses de este recién 2021 sigan ese camino. No es que sorprenda, porque la política seguida desde finales de noviembre ha sido la de paños calientes, tirar la pelota hacia delante y esperar a que escampe. No de otra forma pueden calificarse las restricciones parciales de la actividad y los consejos a la ciudadanía para que se comporte responsablemente. Sus efectos son ya visibles: rampante tercera ola sanitaria y negativos efectos económicos. Era lo que cabía esperar.

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Para las autoridades, eso de aconsejar a los ciudadanos que se porten con exquisita corrección pandémica es una fina manera de descargar su responsabilidad: si la epidemia se extiende, ello es culpa directa de nuestra incorrección. No voy a discutir sobre la validez de esta aserción y, probablemente, haya buena parte de verdad en ella. Pero de ser cierto que no sabemos comportarnos, las decisiones de las autoridades deberían tenerlo muy en cuenta, y adoptar, que para eso se dedican a la cosa pública, las difíciles, impopulares y nada electorales medidas de restricción. Pero, por lo visto en diciembre y estos días de enero, lo habitual ha sido una cierta relajación: hace pocos días, el consejero de Sanidad de la Junta de Extremadura reveló que, en la reunión del Consejo Interterritorial del 2 de diciembre en la que se decidieron las medidas para las fiestas, se acordó poca severidad para combatir el llamado cansancio pandémico.

Insoportable abuso

Por lo que respecta a los porqués de los cierres parciales de la actividad, comienza a ser insoportable el abuso de la argumentación sobre nuestra falta de recursos. Así, se postula la inevitable laxitud de las medidas adoptadas en las pasadas fiestas porque somos menos ricos que Alemania, Francia o Italia, y no podemos compensar a los negocios que se verían obligados afectados. De nuevo, se trata de una verdad a medias que, como todas, termina siendo mentira. Porque los recursos que el Gobierno español ha puesto a disposición de las autonomías para atajar los efectos de la pandemia (los 16.000 millones del llamado Plan Covid) se han destinado, en una proporción elevada, a sanidad. Nada que objetar si no fuera porque el MEDE europeo tiene a disposición de los países más afectados por la pandemia, y solo para atender gastos sanitarios, unos 250.000 millones de euros. Pero ¡’helas’!, ni un euro hemos pedido a los hombres de negro de Bruselas, justamente contradiciendo la tesis de que no tenemos dinero y no podemos atender ni necesidades perentorias en sanidad (detección precoz y vigilancia y seguimiento del covid reforzando la atención primaria, entre otros críticos aspectos) ni conceder ayudas directas a sectores afectados. Pero ya saben, eso del MEDE contamina, y nadie quiere verse señalado por demandarle dinero: parte de la crisis política italiana que ha generado Renzi tiene que ver, justamente, con la negativa del Gobierno de Conte a pedir recursos al MEDE.

Vértigo

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En todo caso, las cifras sanitarias dan vértigo. Es una secuencia conocida: primero, aumento de contagios; posteriormente, de hospitalización; a continuación, incremento en el uso de las ucis; y, finalmente, crecimiento en muertes. Los epidemiólogos anticipan que esta fase de la pandemia llegará a su máximo en unas semanas, cuando ya tendremos a la vista la Semana Santa. Por ello, no cabe esperar que, a pesar de la vacunación, la actividad se recupere sensiblemente antes de finales de la primavera, y ello si ninguna de las nuevas variantes que comienzan a circular (la británica, la brasileña o la sudafricana) la echa al traste.

¿Había alternativas a lo que hoy nos aflige? Para un país tan dependiente del turismo y sus aledaños (comercio, transportes, entretenimiento), la disyuntiva economía-sanidad no es tal. No demandando recursos a la UE, sin poder compensar adecuadamente los sectores afectados y cifrándolo todo a la buena voluntad ciudadana, estamos prolongando una doble agonía: la productiva y la sanitaria.