Ágora

La vía madrileña

La gestión de Díaz Ayuso arroja mejores resultados salud-economía que la del Govern

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Clientes en el interior de un bar de Madrid.

Clientes en el interior de un bar de Madrid. / Ricardo Rubio / Europa Press

Desde el momento que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cede el testigo a las comunidades y se concede a sí mismo pasar a la reserva, la gestión de la pandemia se confía a 17 centros de mando que pasan a ensayar 17 maneras de aplacar el virus. Con una preocupación que debería ser común: mantenerlo a raya sin descuidar un tejido empresarial que sigue en 'shock'. Aun compartiendo el fin, los medios utilizados no han sido los mismos en todas partes; con la perspectiva de varios meses, podemos afirmar que los ha habido mejores y peores.  

En base al último parte del Ministerio de Sanidad, con datos consolidados a 11 de enero, vemos cómo la situación en Catalunya, por un lado, y en la comunidad de Madrid, por otro, son en gran medida coincidentes. La incidencia del virus es ligeramente superior en la capital (595 casos diagnosticados por cada 100.000 habitantes, frente a los 524 en Catalunya; no hace tanto, las cifras eran al revés), mientras que la presión asistencial, con un 16% de las camas disponibles ocupadas por pacientes de covid-19, es idéntica en ambas comunidades. Si nos asomásemos a estas cifras sin tener más contexto, podríamos llegar a pensar que la estrategia, en lo sanitario y en lo económico, no está siendo muy distinta. Tampoco la cifra de defunciones contrasta en exceso. Pues bien, mientras que, en Madrid, la presidenta Isabel Díaz Ayuso ha apostado con firmeza por la viabilidad de la economía en convivencia con el virus, en Catalunya el freno a las actividades es generalizado sin que las cifras, insisto, avalen la eficacia de semejante apagón. Se constata lo que algunos dirigentes catalanes reconocen en privado: la vía madrileña, aun con imperfecciones, arroja mejores resultados salud-economía que la catalana

Si nos fijamos en la restauración, la comparación adquiere tintes dramáticos. Durante los últimos seis meses los bares y restaurantes madrileños han mantenido la actividad ininterrumpida a lo largo del día y con un toque de queda que permite servir cenas cómodamente. En Catalunya, todo lo contrario: a partir de julio se amontonan las restricciones, 40 días de cierre en otoño y, desde el pasado 21 de diciembre, un horario máximo de 4,5 horas/día dividido en dos franjas (o lo que es lo mismo: un cierre encubierto, sin ayudas económicas de ningún tipo). Madrid, en definitiva, presenta unos indicadores epidemiológicos y asistenciales similares a los que tenemos en Catalunya sin necesidad de lesionar en exceso a la restauración.

Indigna sobremanera que, estando fuera de combate desde antes de Navidad, bares y restaurantes estén de nuevo en el centro de la diana y vuelva el rumor de otro cierre absoluto. El sector, convertido en el 'punching ball' del Govern. Si no fuera por el drama humano que hay detrás de cada barra, nos reiríamos con el chiste. Da igual que los locales lleven semanas cerrados o con un funcionamiento residual: criminalizar a los restauradores parece el comodín perfecto para cuando no se sabe por dónde tirar; también para cuando la ciudadanía observa las medidas que uno ha dictado y, aun así, aumentan los contagios (el cumplimiento de las restricciones por Navidad, ejemplar según el 'conseller' Miquel Sàmper, no parece haber evitado la tercera ola; los restauradores solo podemos confirmar que nuestro sector sí ha acatado mayoritariamente las medidas).

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