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Un enfermo de coronavirus en la uci de un hospital valenciano.

Un enfermo de coronavirus en la uci de un hospital valenciano.

Es una cifra, un número, una cantidad, un signo. Nada más. Pero también es una losa. Se puede escribir con letras: dos millones de muertos. Fue el sábado y ya lo hemos superado. Dos millones de personas en todo el mundo que han sufrido la infección y que han muerto como consecuencia de los estragos ocasionados por el coronavirus. Y esta cifra, el número, la cantidad, el signo, también podría ser 15.476 o 70.730, el número de muertes en exceso que ha habido en Catalunya y en España desde la aparición de la pandemia, sobre todo entre marzo y mayo de 2020.

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Ya sé que es un cálculo estadístico, en relación a una serie de los últimos años, pero este concepto de "exceso" parece como si nos informara de un cómputo natural de defunciones, como si hubiera un límite (marcado por el destino, por el hado terrible, por todo lo que está escrito allí arriba) que solo se supera si se dan circunstancias tan trágicas como las actuales. Este "exceso" me ha hecho pensar en una frase que dijo Orson Welles: "No hay finales felices; todo depende de dónde decidas detener el relato". Es decir, tendemos irremediablemente a la desaparición. Es una manera bastante cuerda de encarar la vida.

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