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El rincón de la Ciutadella donde murió Amine, uno de los sintecho fallecidos la semana pasada.

El rincón de la Ciutadella donde murió Amine, uno de los sintecho fallecidos la semana pasada. / JOAN CORTADELLAS

Lourdes López, miembro de la plataforma Defensem la Barceloneta, dijo: "Ya no se movía. Han tenido que llamar a la ambulancia y ya era tarde. Le han puesto el plástico ese por encima. Ha sido muy triste". Sobre el cuerpo de Mohamed, en la escala del párking. O, un poco más allá, también sobre el cuerpo de Amine, en la Ciutadella. Es el mejor resumen que he leído de una tragedia que tiene nombres gracias al trabajo de Guillem Sánchez. Ahora sabemos quiénes eran, las dos personas que murieron de frío, en la calle, y al menos retenemos una historia, un descenso, el derrumbe, los orígenes. Al menos las identificamos con una vida, aunque haya sido tan dura, tan arisca, tan dramática. Las identificamos con la rosa que Amine enviaba a su madre.

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Decía Ferran Busquets, el director de Arrels, que "si no aceptáramos que haya adultos durmiendo en la calle, no habría", y también afirmaba que "la calle mata" y también mata decir que las personas sin techo prefieren dormir al raso, "porque pensar eso justifica su muerte". Saber quiénes eran, cómo pasaron sus últimas horas, como murieron, dignifica su memoria. Y nos interpela, como sociedad, con una daga que se clava en el corazón.

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