Polémica con la vacunación

El tonto del pueblo

La pandemia nos iba a hacer mejores, pero la vacunación injustificada de varios alcaldes de España está sacando a flote la ruindad y el mal ejemplo de quienes están obligados a promover la solidaridad

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El tonto del pueblo

No hay pueblo de España que no tenga su tonto, su loco, su listo o su lista, su miserable, su ciudadano ejemplar o su hija predilecta. Pero cuando resulta que el tonto del pueblo es el alcalde, los ciudadanos debemos comenzar a preguntarnos en manos de quién hemos delegado la confianza de manejar la cosa pública. La pandemia, decía la pobre ciudadanía con más esperanza que convicción, nos iba a hacer mejores y más fuertes, y es posible que haya algo de verdad en lo uno y en lo otro, pero esa creencia viene a ser como el valor en la “mili”, que se supone. 

Por eso se convierte en noticia la insolidaridad trucada de picaresca de los alcaldes y concejales de España que han aprovechado la distribución de vacunas contra el covid para recibirla ellos primero, antes que la sociedad cuyo bien deben garantizar, como el que se cuela con disimulo en la cola del aeropuerto o pretende que le atiendan en la carnicería sin sacar el ticket; anteponiéndose a quien lleva largo tiempo en espera y de verdad lo necesita; adelantándose al orden que se ha establecido para, nada menos, tratar de que el virus no se extienda en su propagación mortal y colme de dramas muchos hogares.

Conviene recordar sus nombres para conocimiento público y que quede en las hemerotecas. Los alcaldes de El Verger y Els Poblets, en la provincia de Alicante, Ximo Coll y Carolina Vives, ambos del PSOE y consagrados en matrimonio, debieron de tomarse en serio aquello de “en la salud en la enfermedad”, aunque ningún de los dos estaba enfermo. Que sobraban vacunas, decían. Sergi Pedrets, de Junts per Catalunya, alcalde de Riudoms (Tarragona), 37 años y empresario del sector de los componentes hidráulicos, se vacunó para evitar que la dosis “se malbaratara”. Lo hizo en compañía de uno de sus concejales, del mismo partido. Francisca Alamillo (PSOE), alcaldesa de Torrecampo (Córdoba) y presidenta de la residencia de mayores de la localidad. "Al final sobraron dos vacunas y las enfermeras pidieron a la dirección del centro que llamara a dos personas rápidamente, y el director dijo que en 30 segundos se presentarían dos personas". Pues quién mejor que ella, debió de pensar. Fran López, alcalde de Rafalbunyol (Valencia), de 29 años y líder de Joves Socialistes del PSPV-PSOE, recibió la dosis el 27 de diciembre, el día

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que comenzó el proceso de vacunación. Pensaba que «ayudaba a dar una sensación de confianza, tranquilidad y seguridad a la ciudadanía», cuando en realidad estaba enviando el mensaje contrario: desconfianza en nuestros dirigentes, intranquilidad por la situación real de contagios e inseguridad ante un posible desabastecimiento. Bernabé Cano, alcalde de La Nucía (Alicante) y diputado provincial del Partido Popular, médico de profesión, aunque dedicado casi en exclusiva a la actividad política. Se vacunó el día 6 de enero junto a su concejal de Sanidad en un centro de mayores de la localidad que gobiernan. El segundo es ATS, pero no trabaja en esa residencia, sino en un centro de salud de otra localidad vecina, donde debería haber guardado turno para ser inmunizado. Cano encadena varias mayorías absolutas y gestiona su pueblo con mano de hierro. En cuestiones sanitarias parece que también.

Sospecho que esta lista se quedará corta a los pocos minutos de ser publicada. Lo malo no es que cada pueblo tenga su tonto, sino que a la tontuna natural se sumen el caciquismo, la mala fe y el desinterés por el bien común. Les da lo mismo. Ellos primero y sus ciudadanos después. Lo que va delante va delante y el que venga detrás que arree. Yo primero y a los demás que les den. Para ser alcalde sobra el currículum y faltan buenas personas. De jetas, miserables y caraduras ya está harta esta sociedad. Quizá no sean los tontos del pueblo. A todos ellos me los imagino un 14 de abril de 1912 a salvo en una barcaza en mitad de las gélidas aguas de Terranova, viendo cómo se hunde el Titanic con miles de pasajeros a bordo y diciendo para sí: “Qué coño”.