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Una princesa para Ibáñez

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El dibujante Francisco Ibáñez.

El dibujante Francisco Ibáñez. / Elisenda Pons

Hace ya más de ocho años, publiqué en otro diario un artículo titulado 'Un príncipe de Asturias para Ibáñez' en el que yo decía que no entendía cómo podía ser que Hergé tuviera en Bélgica un museo dedicado a Tintin, que Goscinny y Uderzo fueran poco menos que héroes nacionales en Francia gracias a Astérix y Obélix y que aquí despreciáramos a Ibáñez y le viéramos como un simple dibujante de tebeos y no como lo que realmente es: un genio.

En aquel momento pensaron que lo mío era una 'boutade' y me llamaron de todo menos bonita (algo a lo que estoy acostumbrada). Sin embargo, ocho años después se ha presentado, por segunda vez (ya se había hecho en 2007 pero nadie se lo había tomado en serio), la candidatura de Ibáñez para el Princesa de Asturias, porque en ocho años el premio ha cambiado de sexo, el Príncipe es Rey y la infanta Princesa.

El 2020 ha sido un año de enfermedad, incertidumbre, muerte para algunos y escasez para otros. El 2021 se inicia con tensiones sociales, una nevada histórica, ertes que no llegan, la luz que sube un 21%, un asalto al Capitolio, una tensa manifestación no autorizada frente al Parlament balear contra las restricciones por la pandemia y los siniestros augurios de los asesores financieros sajones que advierten a los inversores que se alejen de nuestro país como el gato del cubo de agua.

Una necesidad

En situaciones como ésta es cuando descubrimos por qué el arte es una necesidad. Porque nos ayuda a equilibrar el caos interior que soportamos todos y cada uno de nosotros, a sobrellevar todos esos momentos de frustración, rabia, desesperación o incluso ira, y nos enseña a superar nuestros propios miedos, simbolizándolos y exteriorizándolos frente a la pieza artística. Pero es que la pieza artística no tiene por qué ser un 'rembrandt'.

Walter Benjamin ya nos habló en su ensayo 'La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica' de que el hecho de que las técnicas modernas permitan la multirreproducción de una obra es en realidad una invitación a la urgente transformación de las relaciones sociales, y una manera de repensar nuestro concepto de lo que es arte. Ya es hora de que en pleno siglo XXI reconozcamos que los tebeos pueden serlo. Hay algo muy clasista en pensar que un cuadro de Antonio López es arte porque cuesta dos millones de euros y un tebeo de Mortadelo y Filemón no lo es porque apenas cuesta tres euros.  

Desde su origen, el tebeo ha sido una representación artística a la que se ha mirado con recelo. Cualquier garabato que colgara de un museo podía despertar el interés del crítico sesudo, pero los dibujos de Ibáñez no. ¿Vendrá ese menosprecio del hecho de que el tebeo provenga de la sátira, de la caricatura? ¿De que el tebeo va en contra del carácter serio-sobrio-severo-pedante de lo que hasta hace poco se consideraba culto, respetable y biempensante en términos artísticos?

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Francisco Ibáñez tiene 84 años y, si bien yo le deseo una larga vida, tampoco quiero que tengamos que esperar más para que reciba este premio que merece. Me gustaría ver cómo lo recoge andando con su propio pie y cómo da su discurso sin que le tiemblen las manos. Admiro profundamente a Ibáñez, le debo muchos momentos felices y quiero que se unan conmigo a esta causa.

Hagámoslo correr: UN PRINCESA DE ASTURIAS PARA IBAÑEZ.