Editorial

El cambio climático extremo

Los episodios de nieve y frío que superan los registros normales son resultado del calentamiento global del planeta y serán cada vez más frecuentes

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El Periódico

Un coche en el término municipal de Torrejón de Velasco, en el sur de Madrid, atrapado en la nieve.

Un coche en el término municipal de Torrejón de Velasco, en el sur de Madrid, atrapado en la nieve. / José Luis Roca

Uno de los recursos más utilizados por los negacionistas del cambio climático es referirse a la supuesta ausencia del mismo ante catástrofes naturales relacionadas con el frío. En su débil argumentario, identifican cambio con calor y cuestionan que pueda hablarse de aumento de la temperatura media del planeta ante la evidencia de registros estrictamente invernales. Es el caso, por ejemplo, de las declaraciones de Donald Trump en 2019 cuando, a raíz de las grandes nevadas que asolaron Estados Unidos, exclamó: «¿Dónde está el cambio climático cuando se le necesita?».

Las confusiones se dan incluso entre quienes, sin negar la gravedad de la emergencia climática a escala global, ponen en cuestión sus efectos a nivel local, como el presidente de Aragón, Javier Lambán, después de las nevadas que dejó el temporal 'Filomena' en el Pirineo. Que ante cada episodio de frío extremo haya quienes -por desconocimiento o por mala fe- duden de los riesgos reales del calentamiento demuestra lo necesario que es dar más voz a la ciencia.

Los negacionistas, contra las predicciones de los organismos internacionales que abogan por la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero, responden a intereses económicos y políticos, a un déficit de información alarmante o a un conjunto de teorías conspiracionistas que niegan los más contrastados datos científicos. Olvidan que el cambio climático que ya padecemos se refiere a manifestaciones de un clima extremo e inestable, que tanto puede provocar fenómenos como el 'Gloria' del año pasado o el 'Filomena' de hace unos días, como una serie continuada de altas temperaturas, sequía y desertización. Los científicos advierten de que la probabilidad de que se produzcan estos fenómenos extremos es cada vez mayor. El debilitamiento de las corrientes de aire de la estratosfera, con un calentamiento repentino, favorece la aparición de áreas anticiclónicas, con la formación de grandes masas de aire frío que, en contacto con las cálidas y húmedas, generan los fenómenos referidos, una tormenta perfecta a la que se añade el deshielo de los polos, que desencadena fuertes bajadas de temperatura y tormentas de nieve en latitudes inferiores.

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Solo conviene recordar los datos más cercanos. Según el Meteocat, 2020 ha sido el año más cálido en Catalunya desde 1950, con un aumento de la temperatura media en un grado, en relación al periodo 1981-2010. Para el Observatori Fabra, con registros desde 1914, el año 2020 ha sido el más cálido de toda su historia. En el mundo, la situación es parecida, como se deduce del programa de observación climática Copernicus, con el detalle nada menospreciable que se trata de series continuadas de los últimos años, lo que permite argumentar, sin lugar a dudas, una tendencia creciente.  

Las llamadas «roturas del vórtice polar», provenientes directamente del calentamiento global, son responsables en buena parte de los fenómenos que estamos sufriendo cada vez con más reiteración. Es decir, las nevadas históricas y las heladas que superan los límites establecidos no son la supuesta confirmación de una normalidad climática estacional y, por ende, la negación de los cambios atmosféricos anunciados por los expertos. Son justamente la consecuencia de una situación extrema que está llegando, si no se pone remedio urgentemente, a un punto de no retorno que hipotecará irremediablemente nuestro futuro y el de las futuras generaciones.