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Un verdadero héroe azulgrana

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Ter Stegen para el primer penalti de la tanda de la Supercopa.

Ter Stegen para el primer penalti de la tanda de la Supercopa.

Cada niño tiene sus héroes. No pueden ser muchos. La heroicidad exige para serlo que vaya acompañada de la escasez. Con la pandemia hemos intentado alterar esta condición afirmado hasta el hartazgo que todos somos héroes. Aunque sabemos que en el fondo se trata sólo de una frase placebo, tras la cual no hay más que una bobada de lo más solemne. Si todos fuésemos héroes, éstos dejarían de existir. Y no queremos tal cosa.

A los héroes particulares hay que sumar los generacionales. Por ejemplo, para los nacidos a caballo entre los sesenta y setenta del siglo pasado el héroe colectivo fue un dibujito animado que respondía al nombre de Marco. Les ahorro los detalles a los que ignoran quien fue el susodicho. Basta saber que se trataba de un niño de lo más desgraciado castigado con toda clase de penalidades que después de padecer lo indecible en un calvario interminable conseguía reencontrarse con su mamá.

La sombra del héroe colectivo es alargada. La depresión en la que entró nuestro mundo hace una década larga coincidió con la llegada a los puestos de mando de los que se pasaron los sábados por la tarde de su infancia llorando a moco tendido viendo las desgraciadas peripecias de Marco. Era imposible que esos niños levantaran jamás la cabeza y han hecho con el mundo lo que les enseñaron: entristecerlo.

Insignias del Barça

El catálogo de elección individual del héroe es más variopinto. El mío era un señor de Barcelona que el primer día de agosto llegaba al pueblo para iniciar sus vacaciones. Bajito, de facciones anodinas, nada hablador; su recuerdo es el de un abuelo aseado, sin más. Sin embargo, tras su aparente insustancialidad se escondía un hombre que alcanzó la categoría de un gigante entre los chiquillos del lugar. Ese señor trabajaba en el Camp Nou, nunca supimos exactamente de qué. Pero pronto descubrimos con alborozo que se trataba de nuestro Papá Noel del verano.

En sus bolsillos siempre había insignias del Barça y de otros equipos de primera división que repartía arbitrariamente entre los que andábamos a su vera a la espera que algo de su infinito ajuar aterrizase en nuestra mano. También repartía banderines, fotos de jugadores y en una ocasión me agasajó con una maqueta de cartón del estadio que, por desgracia, nunca puede montar porque para las manualidades es ley que se tengan manos y no manazas.

Tras su aparente insustancialidad se escondía un hacedor de alegría que convertía el verano en un festival de escudos balompédicos que nos permitieron construir colecciones más que dignas. Un año llegó agosto y nuestro héroe no apareció. Preguntamos a los mayores, como han hecho este año los chiquillos con las cabalgatas. Descubrimos la lección más incomprensible y a la vez más necesaria: que todo el mundo, llegado el día, desaparece.

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Esta semana que Ter Stegen ha vestido la heroicidad de portero me he acordado de aquel primer héroe que en la memoria revive como un anciano, aunque quizás no lo fuese, y como con el gesto nada ampuloso de ponerse la mano en el bolsillo para extraer una baratija blaugrana nos llenaba de gozo el día, el verano y la vida.

Con las elecciones aplazadas caigo también en que a aquellos chiquillos nos importaba un carajo quién presidía el club que estábamos aprendiendo a amar. Habíamos descubierto que el verdadero emperador vestía las ropas de un empleado.