Nueva serie en Netflix

Todos queremos a Fran

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Fran Lebowitz, en un momento de ’Supongamos que Nueva York es una ciudad’.

Fran Lebowitz, en un momento de ’Supongamos que Nueva York es una ciudad’. / NETFLIX

Esta semana, la actualidad de las plataformas digitales ha puesto de moda el verbo imparable y cáustico de una mujer que se llama Fran Lebowitz. Netflix ha dado a conocer la miniserie Supongamos que Nueva York es una ciudad, que dirige y conduce un risueño Martin Scorsese, y basta con un par de capítulos para que te cautiven su discurso. Porque te cautiven o por detestarla, depende, porque desde hace muchos años su seguridad radical —de esnob sin influencia, como dice ella— provoca adhesiones, pero también rechazo. "No estoy al cargo de nada. No tengo ningún poder, pero estoy llena de opiniones", dice Lebowitz, y a fe que las expresa: con naturalidad, con un vocabulario florido y un ritmo calculado para seducir.

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Esta nueva serie recupera fragmentos de un documental anterior, Public Speaking, que Scorsese y Lebowitz grabaron hace diez años, pero la gran diferencia es que el Nueva York actual —y en especial Manhattan— ha extremado sus defectos. La política errática de los alcaldes, la presión del turismo, el precio de los pisos, la locura de los taxistas, la suciedad del metro, la falta de comunicación de los peatones, siempre con la vista fija en el móvil... Para Lebowitz todo ha empeorado y, de alguna forma, ha dejado de ser parte del atractivo salvaje que tenía Nueva York.

Hay un rasgo del carácter de Fran Lebowitz que es especial: la persona perpetuamente enfadada, pero que se hace escuchar porque tiene el recurso del humor. Sus opiniones son ácidas y críticas, pero pasan bien porque las convierte en un espectáculo. Es la antítesis del tertuliano de radio que tenemos por aquí: ese ser que habla de todo y tapa la inseguridad con una contundencia falsa, airada. La Barcelona actual, la de Ada Colau en el ayuntamiento, ha dado pie a un ejército de críticos que no le dejan pasar una, pero percuten sus reproches con un sonsonete repetitivo (e interesado) que a menudo los convierte en una lata. Estaría bien que Barcelona —y, de hecho, toda gran ciudad— tuviera una figura como la de Fran Lebowitz: un sentido común lleno de carisma, liberal y esencialmente urbano. Una especie de voz de la conciencia que no es aleccionadora, sino humana y divertida.