Burbujas sociales

Carta a los desconocidos

La calidad de una vida, como la de una novela o película, se suele medir por el carisma de sus secundarios, así que las nuestras puntúan bajo ahora mismo

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Un cartel en un bar de València indica la prohibición de consumir en la barra por el coronavirus.

Un cartel en un bar de València indica la prohibición de consumir en la barra por el coronavirus. / Efe / Biel Alino

Acabo de hacer recuento y en los últimos 11 meses he conocido a menos gente nueva que durante una sola noche cualquiera de concierto y baile en el Apolo de, pongamos, 2015.

No es que entonces yo fuera sociable como un adolescente beodo ni expeditivo como un vendedor de Tecnocasa. No, es solo que durante este último año de pandemia apenas he podido descubrir a extraños. Me salen un total de seis, contando a mi segunda hija, la que tenía más ganas de conocer, pero con la que (tiene ahora seis meses) las conversaciones aún no son muy fluidas (de momento solo balbucea en una especie de idioma balcánico). 

De entre las muchas cosas del mundo precovid que jamás habría pensado que echaría en falta, una sería la 'charla de ascensor'. Ese breve “hace calor”, replicado con un “pero en Madrid es más seco”, que servía para alcanzar la planta cuarta. Decían que del primer confinamiento saldríamos mejores, pero el caso es que al menos a mí más de un vecino me adelanta en los metros que van del portal a la puerta del ascensor para cogerlo él antes (abuelos poesídos por Usain Bolt). 

El caso es que llevamos meses sin conocer a casi nadie, creando burbujas con los más cercanos y sin posibilidad no ya de conocer a desconocidos, sino de cuidar el trato con esas personas intermitentes en nuestras vidas ('weak ties', lo llaman en inglés).

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Leía un artículo ayer en el 'New York Mag', 'Las conversaciones random que no podemos tener', que hablaba de esta misma necesidad, avalada por voces especialistas, de doctores en sociología a camareros, que confirmaban eso: sin poder quedar en terreno neutral ('third places'), sin hablar en una barra con desconocidos (a veces nos gusta confiar secretos a extraños, porque no los volveremos a ver, y desde luego nos gusta consolarlos, porque nos duele menos hacerlo), sin la posibilidad semimágica de que un desconocido se convierta en alguien importante para ti, somos peores.

La calidad de una vida, como la de una novela o película, se suele medir por el carisma de sus secundarios, así que las nuestras puntúan bajo ahora mismo, por mucho que nos gusten los protagonistas.