Las claves

Polvos y lodos

En las páginas de 'El hijo del chófer', de Jordi Amat, se puede olfatear la mierda que se acumulaba bajo el supuesto oasis catalán

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Alfons Quintà, primer director de TV-3, que protagoniza el libro de Jordi Amat ’El hijo del chófer’.

Alfons Quintà, primer director de TV-3, que protagoniza el libro de Jordi Amat ’El hijo del chófer’.

Es posible que por la urgencia del covid nos hayamos olvidado, pero hace tiempo que sufrimos otra pandemia contra la cual -que yo sepa- no existen planes de vacunación: la prisa. Somos la generación de los pollos sin cabeza. Vivimos tan acelerados y todo es tan efímero, tan fugaz, que resulta muy complicado entender o consolidar prácticamente nada. Pero a lo mejor no es tan difícil; bastaría con apelar a la historia.

Si hoy nos preguntamos, por ejemplo, por el gigantismo de Madrid, habría que retroceder forzosamente hasta el año 2000, cuando Aznar gana sus segundas elecciones, pero ya con mayoría absoluta y se desata. El modelo radial, de kilómetro cero donde todo lo humano y lo divino tiene que pasar por Madrid, ya venía de serie, pero a partir de ese momento pone el turbo.

Aznar tenía un plan y lo ejecutó a rajatabla. Es obvio que han influido otros factores, pero está claro que el rodillo capitalino ha funcionado -y funciona- a todo tren; nunca mejor dicho si atendemos, por ejemplo, al diseño de la alta velocidad. Y si a un mes de las enésimas elecciones en Catalunya nos devanamos los sesos de por qué seguimos instalados en la perversa dinámica de buenos y malos catalanes, ahí tendríamos que retroceder un pelín más: hasta el verano de 1984, en plena tormenta por el 'caso Banca Catalana', cuando Pujol soltó aquella frase lapidaria de: “En adelante, de ética y moral hablaremos nosotros”.

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Jordi Amat recoge este episodio en su desasosegante 'El hijo del chófer', una lectura imprescindible para descifrar algunas claves de cómo creció el antagonismo en Catalunya a la sombra de un poder casi omnímodo durante dos décadas. En sus páginas se puede olfatear la mierda que se acumulaba bajo el supuesto oasis catalán. Y sí, ya sé que la realidad siempre es más compleja, pero tal vez en aquel episodio de prestidigitación, donde un escándalo de corrupción financiera que investigaba la justicia se transformó en elemento de martirologio político, podamos responder a la pregunta del millón: cuando se empezó a joder todo. De aquellos polvos, estos lodos

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