Asalto y nieve

El lado bueno

La nieve ha venido a imponer, sí o sí, la inmovilidad que se requiere frente al virus

Se lee en minutos
Nevada en Calaf

Nevada en Calaf / MARC VILA

Como llegaron se fueron. Visto y no visto. Con más prudencia y menos parafernalia que nunca, distribuyeron su cargamento de regalos y, una vez el deber cumplido, hicieron discreto mutis por el foro. Pero me parece a mi que, en ese camino de vuelta, la estrella que les sirve de guia, cansada del tute nocturno, fue quedándose rezagada y para no perder velocidad de crucero decidió ir soltando lastre en forma de borrasca. De borrascas. La meteorológica, una, y la del Capitolio americano, la otra. Las dos en día de Reyes, lo que ya es pasarse de magnánimo. Mientras en Washington los bisontes entraban a estampida pisoteando suelo sagrado, aquí en casa, Filomena, (¿por qué no soy capaz de decir Filomena sin que se me aparezcan, espléndidas, Sofía Loren y Concha Velasco, con el apellido Marturano?); aquí en casa, Filomena, digo, empezaba a colarse por el sur, abriéndose hueco entre Málaga y Cádiz.

A mi me habría gustado que las Majestades venidas de Oriente se hubieran mostrado ese día mucho más Magos que Reyes. Atentos a las circunstancias y echando mano de sus mágicas habilidades habrían podido, quizá, alterar el rumbo de los vientos, la carta del destino y las coordenadas de esa tormenta perfecta. Pero me daá que los tres enfilaron, majestuosos, su camino de vuelta sin echar la vista atrás, dejando que, al lastre que iba soltando la estrella piloto, se le sumaran las boñigas de los camellos que, con el paso lento de la marcha, aprovechaban para aligerarse del mucho dulce ingerido en los balcones. Todo ello, a peso, sobre nosotros. Auténticos regalos caídos del cielo. Y así, por encima del coronavirus, como si no fuera ya bastante, cayeron la nieve y Mr. Trump, a cual más dañino. 

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Te puede interesar

Con todo, de los tres, la nieve me parece el más inocuo. E incluso el mejor regalo. (Año de nieves, etcétera.) Molesta, sí, de acuerdo. Engorrosa. Pero nada que no se arregle con horas de sol y paciencia. La nieve ha sido la única que ha traído algún momento de alegría. La nieve ha hecho que los niños que la veían por vez primera se hicieran mayores a su tacto y crecieran palmo y medio en sabiduría. Y ha hecho que los mayores se descubrieran niños de nuevo, las manos llenas de armas disparadas en son de paz y en clave de jolgorio. Un respiro para lo que llevamos ya pasado y para lo que se nos viene encima. Ha habido episodios desafortunados, claro. Pérdidas lamentables. Caídas, fracturas y brazos en cabestrillo. Pero la nieve ha venido a imponer, sí o sí, la inmovilidad que se requiere frente al virus. El confinamiento en casa. El no desplazarse más de lo imprescindible. El deseado aislamiento territorial que no han conseguido perfecto ni gobiernos ni médicos, ni guardianes, lo ha hecho viable la nieve. Y con ella el frío, el hielo, la lluvia y el viento; los elementos que invocaba aquel otro rey, llamado Lear, en busca de consuelo y compañía. 

Quizá todo consista, según la filosofía Monty Python, en saber mirar el lado bueno de la vida. ¿Qué, si no?