TRAS LAS ELECCIONES

Trump, Pessoa y el narcisismo

La mayoría de las personas somos anónimos sin brillo, con voto pero sin voz

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Un seguidor de Trump, en el interior del Capitolio.

Un seguidor de Trump, en el interior del Capitolio. / EFE

Los primeros días de desconfinamiento, un libro me acompañó al parque: 'Diarios Completos' de Fernando Pessoa (Hermida Editores). Su lectura, en el Retiro, se volvió un espejo raro. En sus páginas, veía al autor pasear por Lisboa a veces sin dirección, otras con rumbo, en ocasiones inapetente, solo o acompañado, pero siempre pausado. A mi alrededor, sin embargo, todos corrían: mallas, riñonera y deportivas se habían convertido en el remedio perfecto contra el encierro.

Leyendo a Pessoa aprendí algunas ventajas de no ir deprisa: ni trabajando, ni opinando, ni haciendo un duelo. También comprobé que el narcisismo puede ser bueno: de haberme practicado una vivisección como las que se hacía el portugués casi a diario, me habría alejado yo también del todo y para siempre de mallas, riñonera y deportivas. Me perdoné rápidamente –quererse mucho también consiste en eso– diciéndome que en un mundo que confunde el "todos somos iguales" con la "democracia", es normal que hasta la gente sensata haga el ridículo al menos una vez al año. O cada cuatro. Claro que somos iguales: ante la ley y las urnas, no dentro de unas mallas.

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Observando al más derrotista de los poetas en prosa, concluí que existe gente elegida. Unos para la fama y otros para el olvido, posteridades en realidad muy parecidas. La mayoría de las personas somos anónimos sin brillo, con voto pero sin voz. No con una relevante. Eso sí que es democracia. Como podemos exponer en cualquier lado cualquier idea que improvisemos, creemos ser escritores, pensadores, artistas o peor, mejores políticos que los que nos gobiernan, cuando lo único que tenemos en común con ellos es la piel fina.

Pessoa sí fue un elegido. Quizás de un modo triste, funcionarial, gris y demasiado discreto. Pero siguiendo sus andanzas también me di cuenta de que lo que diferencia a un narcisista creativo de uno dañino, aparte de la velocidad, es el volumen. Además de correr, suele hablar demasiado y en tono alto. Pessoa callaba bastante porque odiaba un poco el mundo. También porque dudaba mucho. Y quien duda, se fragmenta. A ver, que alguien responda: ¿cuántos añicos caben en un eslogan? Ninguno: solo frases gruesas, irrompibles, pétreas. Eso es Donald Trump, algo que cabe en un grito.

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Los elegidos no salen necesariamente de una urna. No importa que millones de ciudadanos hayan cogido la papeleta que lleva sus nombres. Ni que haya gente capaz de vestirse de bisonte para convertir en sangre sus palabras furiosas. Por sus gritos y sus hechuras, diría que Trump es uno de tantos. Alguien que lo vocifera todo porque no se gusta nada. Solo hay que ver el empeño que ha puesto en parecer lo que no es. Triunfador, seductor, escritor, presidente. Siempre a la fuerza, mintiendo o pagando. Hasta para perder –elecciones y vergüenza– ha recurrido a la violencia enviando al Capitolio a sus cabestros.

"La lucidez consiste en una indisposición hacia uno mismo", escribió Pessoa. Y si le hiciéramos caso, electores y elegidos, quemaríamos las mallas.

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