El asalto al Capitolio

La crisis estadounidense, una lección para Catalunya

El populismo que llevó a Trump al poder y el que alimenta el sector más irredento del independentismo comparten rasgos en común

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Un momento del asalto al Capitolio.

Un momento del asalto al Capitolio.

Una cierta incomodidad recorre las filas del independentismo catalán más aguerrido, aquel que se agrupa bajo el liderazgo de Carles Puigdemont, a la hora de valorar el populismo de Donald Trump. Por mucho que este haya coqueteado con la extrema derecha mientras la mayoría de los independentistas catalanes son, o se consideran, portadores de valores democráticos, ambos coinciden en la idea de un pueblo redentor que acabará con los males de las élites (las de Washington o las de Madrid). De ahí que a muchos catalanes les resulte más fácil criticar la ocupación del Capitolio por las hordas de Qanon que entender por qué cerca de 75 millones de norteamericanos han votado a Trump tras cuatro años de manipulación ‘orweliana’ de la sociedad. Lo primero es más cómodo. Lo segundo lleva a interrogarse sobre los peligros del populismo, sea estadounidense u europeo, de derechas o de izquierda. Sin embargo, es la única manera de aprender algo de la crisis estadounidense que ayude a superar la crisis catalana.

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Algunos analistas han pretendido equiparar las tentaciones insurreccionales de Trump con la actuación de Carles Puigdemont en 2017. Planteada de este modo, la comparación tiene poco recorrido. Los dos personajes se parecen como un huevo a una castaña y sus circunstancias aún menos. Se puede, efectivamente, recordar el célebre "apreteu! apreteu!" del sucesor de Puigdemont, tuits como los de Joan Canadell, el más conspicuo de sus hombres en Barcelona, elogiando a Trump (antes del asalto al Capitolio) o la fascinación del sector ‘pit i collons’ del independentismo catalán ante el arrojo de los ‘trumpistas’. Sin embargo, poco tiene que ver la toma del Capitolio con el intento de ocupar el Parlament catalán. La cosa no va por ahí. Conviene huir de las excentricidades y fijarse en los rasgos comunes que anidan en el populismo que llevó a Trump al poder y el que alimenta el sector más irredento del independentismo. Empezando por una misma y nefasta consecuencia de ambos procesos: el de sociedades divididas, enfrentadas en dos mitades incapaces de escucharse.     

Romántico destino colectivo

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Poco antes de morir en el asalto al Capitolio, una seguidora de Trump escribió en su cuenta de Twitter que “la tormenta está aquí y en menos de 24 horas pasaremos de la oscuridad a la luz”. Una mitificación de la capacidad de las masas para alumbrar mañanas luminosas que recuerda a quienes soñaban con una tormenta colectiva que iba a dar vida a una República catalana en 18 meses. “Tenim presa”, proclamó Lluís Llach. En esa convicción romantizada del destino colectivo está aquello que todo populismo tiene en común. Sobre todo, cuando se asocia a una inspiración divina (“No creo en el comunismo, creo en Dios”, decía otra seguidora de Trump, en las escalinatas del Capitolio) o nacionalista. Así es cuando se absolutizan los sueños: una América grande, una Catalunya libre, sin tener en cuenta si el precio por conseguir lo uno u lo otro es el de romper la sociedad por la mitad.

Donald Trump cuenta con 38 millones de seguidores en Twitter. Puigdemont con 800.000. Tantos o más que el presidente estadounidense haciendo el cálculo per cápita. Con este y otros instrumentos de comunicación, ambos han creado burbujas informativas en las que viven millones de ciudadanos. Bill Clinton habló de cuatro años de ‘políticas venenosas’ ejercidas desde el poder y desde las redes, para explicar la crisis estadounidense. Con sus tuits diarios, Trump inoculó el virus de la deslegitimización en la mente de muchos estadounidenses afectados por la crisis y asustados por la globalización. Procedió con una mezcla letal de sueños, mentiras y teorías de la conspiración. Esta es la lección que muchos independentistas catalanes pueden aprender de la crisis estadounidense para, a continuación, pinchar las burbujas existentes, acabar con los relatos excluyentes, dejar de mezclar medias verdades con mentiras y de vender el sueño de un mañana radiante a la vuelta de la esquina. Los estadounidenses tienen la oportunidad de acabar con la pesadilla de Trump con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca. Catalunya también tiene la oportunidad de sustituir el populismo por la política en las próximas elecciones.