Crisis en EEUU

¿Qué ocurrió en el Capitolio?

En tiempos tan confusos, el asalto al Congreso en Washington es caracterizado simultáneamente como un acto vandálico, una insurrección, un acto de terrorismo doméstico y hasta un esperpéntico golpe de Estado

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El Capitolio, durante la insurrección de seguidores de Trump.

El Capitolio, durante la insurrección de seguidores de Trump. / REUTERS/Leah Millis

Llama la atención que a pesar de que literalmente todo el mundo ha podido ver por televisión el infame asalto al Congreso de Estados Unidos, no existe un consenso a la hora de definir lo ocurrido en Washington. Aunque es difícil negar que se trata de un bochornoso ataque contra el excepcionalismo democrático americano, promovido personalmente por el presidente Trump, el debate no ha hecho más que empezar sobre cómo tipificar lo sucedido.

Quizá como reflejo de los tiempos tan confusos en los que vivimos, la farsa convertida en tragedia del ‘trumpismo’ ha sido caracterizada simultáneamente como un acto vandálico, una insurrección, un acto de terrorismo doméstico y hasta un esperpéntico golpe de Estado. Justo cuando los miembros de ambas Cámaras debían ratificar los resultados de las disputadas elecciones del 3 de noviembre.

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El problema de algunas de las definiciones barajadas es que bordean la banalidad del mal. Cuando se habla de un simple acto vandálico parece olvidarse la trascendencia de lo ocurrido. Y que no es lo mismo arrojar una piedra contra un escaparate que contra una sinagoga. Por eso, asaltar la sede de la soberanía popular debe considerarse como algo mucho más que un calentón de ‘hooligans’ atrabiliarios.

Concepto problemático

El concepto de insurrección es cuando menos problemático en el contexto de Estados Unidos, ya que tiene una marcada connotación ‘guerracivilista’. La exhibición de la bandera confederada, reencarnada en estandarte del fascismo americano, y el monocromatismo blanco de los ‘trumpistas’ fuera de control ha recordado demasiado al histórico discurso de Lincoln sobre la imposibilidad de que una casa dividida contra sí misma pueda mantenerse en pie.

No obstante, la trama de insurrección racista tiene su relevancia en la crispada sociedad americana. No se pueden pasar por alto la lacra de la brutalidad policial viralizada por el caso de George Floyd y el papel tan destacado que han tenido los votantes afroamericanos en el resultado de las elecciones ganadas por Joe Biden. Con un resultado todavía no aceptado por Trump, cuyo desempeño en la Casa Blanca no ha hecho más que instigar el odio y la conspiración con el refuerzo de los mensajes sobre revolución y guerra civil compartidos por sus antenas mediáticas.

Secta antisistema

La opción de terrorismo doméstico, utilizada especialmente por líderes del Partido Demócrata, se acercaría más a lo ocurrido en el Capitolio ya que refleja el multiplicado riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos asociado con el auge de la extrema derecha supremacista y los conspiracionistas de QAnon convertidos en secta antisistema. Estos grupos han demostrado sobrada capacidad para motivar actos violentos por parte de individuos dispuestos a combatir percibidas amenazas completamente al margen de la realidad.

La posibilidad de un golpe de Estado también ha sido barajada, aunque técnicamente no encajaría en lo ocurrido en Washington. A pesar de la incitación del presidente Trump, un golpe de Estado supone un intento de tomar el poder a través de la fuerza, o la amenaza del uso de la fuerza, usualmente con la complicidad de una facción de militares o fuerzas de seguridad. Aunque también se puede hablar de golpes promovidos por paramilitares u otros grupos armados.

Categorías viejas

De todas formas, la identificación de golpes de Estado también resulta cada vez más complicada. Entre las certezas desaparecidas con la Guerra Fría destaca la cómoda diferencia binaria entre lo bueno y lo malo. Durante años de enfrentamiento indirecto entre Estados Unidos y la Unión Soviética sobre las espaldas del Tercer Mundo, siempre se intentó distinguir entre golpes “malos” y revueltas populares “buenas” para ganar la batalla del relato.

La crisis electoral protagonizada por Bolivia en noviembre de 2019 ya sirvió para ilustrar hasta qué punto las viejas categorías de la Guerra Fría son cada vez más difíciles de aplicar, sobre todo para los que buscan obtener extrañas legitimidades con estos juegos de etiquetas. Ante exactamente los mismos hechos, unos perciben un fenómeno de contestación popular contra una imposición abusiva; mientras que otros interpretan que se está perpetrando un golpe contra un Gobierno legítimo.

Categorías incompatibles

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El problema es que en un mundo políticamente cada vez más confuso se tiende a combinar elementos pertenecientes a categorías morales que hasta ahora se consideraban incompatibles. Y el resultado sería una extraña amalgama. Hasta el punto de que el politólogo Jay Ulfelder ha acuñado la irónica expresión de “el golpe de Schrödinger”, sirviéndose del Nobel austriaco Erwin Schrödinger y su famosa paradoja para explicar lo desconcertante de la física cuántica con el experimento de un gato que puede al mismo tiempo estar vivo y muerto. En este sentido, los nuevos golpes con gato encerrado “existen en un perpetuo estado de ambigüedad, simultáneamente golpe y no-golpe”, sin esperanza alguna de volver a la claridad categórica del pasado.

En definitiva, dentro de un ciclo global de populismo y autoritarismo –con la paradoja de un mundo que celebra cada vez más elecciones pero tiene menos democracia–   hablar de golpe o de insurrección como escenarios diferentes estaría dejando de tener sentido. La clave se encuentra en todo lo que puede ocurrir una vez que se empiezan a buscar atajos fuera del orden constitucional.