Herencia en disputa

El secuestro de Maragall

La familia Maragall siempre fue clan. Pero de ahí a que su hermano Ernest, converso a una fe nacionalista que Pasqual nunca profesó, sentencie sobre el uso del legado de Maragall hay un abismo. Un abismo profundo y oscuro

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Pasqual Maragall, cuatro días antes de la inauguración de los JJOO de 1992.

Pasqual Maragall, cuatro días antes de la inauguración de los JJOO de 1992. / ARCHIVO

La secuencia no falla. Se ejecuta con precisión suiza. Tañen las campanas electorales y todo el mundo corre a vestirse de Pasqual Maragall.

Parece lógico, y legítimo, que los socialistas reivindiquen su obra y su figura políticas, no en vano bajo su bandera fue militante antifranquista, alcalde de Barcelona, adalid olímpico y presidente de la Generalitat. Mucho más tarde, ya en el ocaso de una carrera de más de 30 años, llegó el divorcio del partido. Un trago amargo para ambos. Pero hoy, algunos de quienes reclaman con más énfasis la memoria de Maragall son los que con más ardor intentaron destruirlo en su día. Borracho, chiflado… Maledicencias susurradas al calor de la hoguera nacionalista en los años 80 y 90.

Junto con el colega de La Vanguardia y buen amigo Lluís Uría, he estudiado en profundidad la trayectoria política y vital de Maragall. Pero nunca he dejado de envidiar la asombrosa exactitud premonitoria del también periodista Toni Rodríguez Pujol, que el 8 de mayo de 1983, el día en que Maragall había de ganar sus primeras elecciones como alcalde, firmó en El País este perfil del dirigente socialista: «No tiene demasiado carisma, pero si eso es algo que se pueda aprender, lo aprenderá rápido. Si se cansa se irá, pero si no, cualquier día este chico puede dar una sorpresa».

Pues sí, el carisma debe de ser adquirible. Maragall lo aprendió y dio la sorpresa. Y mucho tiempo después, se cansó y se fue.

Aquellas elecciones le brindaron el mejor resultado de su carrera. El viento del cambio soplaba de cola y su lema electoral de eco shakesperiano, La ciudad es la gente, perfilaba su convicción federalista y su lejanía de los nacionalismos. La gente, las personas son la fuente de identidad y el sujeto y objeto de la acción política, por encima de los límites territoriales que habitan. 

Maragall fue sin duda el mejor alcalde de Barcelona en más de un siglo, que es casi tanto como decir de la historia. No brilló igual como presidente de la Generalitat. Las cartas que había sobre el tapete eran muy distintas. Menor fuerza electoral. Mayor dependencia de los aliados. Un PSC en pleno relevo generacional, donde los jóvenes capitanes exigían paso –y resultados- a los patricios fundadores. La condición inimitable del proyecto Barcelona-92, imán imbatible de energía colectiva, inversiones y pasión ciudadana. Y, también, el avance silencioso de la enfermedad

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Maragall es patrimonio de Barcelona y de Catalunya. Maragall es una visión progresista de la ciudad como capital mediterránea, europea y global, y de una Catalunya federada en una España que él ansiaba regenerada y despojada de los rancios vicios denunciados por el abuelo poeta. Maragall es patrimonio del combate científico y social contra la pandemia sigilosa del Alzhéimer. Y también, sí, debe de ser patrimonio de quienes lo despellejaban. 

La familia Maragall siempre fue clan. Pero de ahí a que su hermano Ernest, converso a una fe nacionalista que Pasqual nunca profesó, sentencie sobre el uso del legado de Maragall hay un abismo. Un abismo profundo y oscuro.