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El dedo de Messi

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Messi celebra el primero de sus dos goles en San Mamés.

Messi celebra el primero de sus dos goles en San Mamés. / AFP7 via Europa Press

El mundo se está cayendo a trozos, pero el fútbol no se detiene. La pandemia sigue en letal expansión, el desempleo se desboca y, lo último, un buen número de energúmenos asaltan el Capitolio de EEUU avalados por un presidente tan trastornado como ellos. En este paisaje de lo nunca visto, de caos sin igual, el fútbol se aísla y se ofrece para distraer un par de horas a los predispuestos telespectadores. A destiempo, con partido atrasado si hace falta, como el del Barça en San Mamés, que no es ni mucho menos garantía de entretenimiento y diversión, pero ayer hizo una excepción. Nadie dirá nunca que el de Koeman es un equipo perfecto. Sin embargo, hay días en que afina.

El Barça de Messi, Pedri y Dembélé encadenó el tercer triunfo seguido a domicilio y ayudó a digerir un día que no se preveía exultante. Históricamente marca pocos goles en el estadio bilbaíno el conjunto azulgrana, muy bizco de cara a puerta en este curso. Pero ayer se calzó bien las botas e hizo pasar un buen rato a los aficionados propios, especialmente en la primera parte.

La complicidad

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Leo Messi pareció disfrutar también de la noche. Con eso suele bastar. Activó el primer gol, anotó el segundo, después el tercero, y sonrió con profusión. Pudo marcar más, se le escaparon un par de remates por centímetros, y participó en el juego sin apenas ausencias. Y lo más importante, se volvió a asociar con efectividad y plasticidad con Pedri, eso no es novedad, y hasta con Griezmann. 

A ambos les obsequió con un dedo índice que les señalaba. Ese dedo es un reconocimiento a una acción bien hecha. Ese dedo acompañado de una sonrisa es sinónimo de complicidad. Ese dedo de la más alta instancia del equipo inyecta confianza y seguridad. Ese dedo bendice. En unos tiempos en que conviene verle cómodo y feliz para apaciguar la dinámica especulativa sobre su futuro, toda esta gesticulación positiva ayuda a cimentar la percepción de que nada debe darse por perdido. Ni por ganado. Es probable que al equipo pronto vuelvan a sangrarle las rodillas, pero en los días en que hay trote firme, mejor saborearlo un rato, que fuera de la burbuja futbolera, casi todo se cae y se rompe.