Desafíos ante la tercera edad

Aprender a envejecer

No puede haber dignidad en una sociedad que descuida el cuidado de los mayores

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Un hombre mayor recibe la vacuna contra el coronavirus.

Un hombre mayor recibe la vacuna contra el coronavirus.

Detesto a quienes se burlan de los mayores, como si esa etapa vital no tuviera que ver con ellos. Por fortuna, el paso del tiempo es inevitable para todo el mundo. Envejecemos desde que nacemos pero envejecer no es fácil. No es fácil asumir que avanza el tiempo, que el cuerpo no responde igual.

Entre otras cuestiones, una de las cosas que peor llevo de esta pandemia es no poder llevar de viaje o pasear más a mis padres, aunque sea cerca. Pasaron una gran parte de su vida sin poder hacerlo y merecían esa recompensa. Sobre todo por mi madre, porque trabajar solo en el hogar la ha privado de muchos descubrimientos. Antes de la pandemia, pudimos llevarlos, después de 50 años, a la Suiza donde emigraron. Aquel viaje les dio vida.

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El confinamiento no solo les privó de eso. En mi madre tuvo consecuencias importantes, con problemas de salud encadenados y operaciones en lista de espera, que hacen complicado casi cualquier viaje cuando esto termine, aunque sea cerca. Y me pregunto cuántas personas más como ella. Pienso hacia atrás y recuerdo la angustia de mis padres cuando veían los primeros titulares de la pandemia. El miedo a morir. Recuerdo el aislamiento y terror de quienes estaban en unas residencias donde, algunas, ni les informaban qué ocurría. Recuerdo a quienes solos, en sus casas, necesitaban ayuda para comprar sus medicamentos o alimentos. Los mayores han vivido situaciones límites y siguen adaptándose a las circunstancias, justo cuando esperaban que hubiera llegado algo de tranquilidad a sus vidas.

Preparación mental

Ahora les aplaudimos cuando reciben las primeras dosis de la vacuna. Pero no veo un cambio hacia la dignidad de envejecer, para que nada de esto se repita. Puede ser que no estemos preparados mentalmente, pero tampoco lo está lo que nos rodea, ni las residencias, ni la sanidad, ni las pensiones ni la propia sociedad. 

No puede haber dignidad en residencias con mala atención o alimentación, o en las que pongan por delante la rentabilidad. No puede haber dignidad en las listas de espera, en los retrasos de diagnósticos, en la falta de prevención, en la resignación de “como soy mayor, y ya no saben de dónde viene el dolor, me despachan pronto”. No puede haber dignidad si las pensiones no llegan, si las mujeres jubiladas cobran menos que los hombres, si las ancianas ejercen aún de cuidadoras a su edad, o si no llega para la luz o comer bien. No puede haber dignidad en una sociedad que descuide su cuidado. 

El dinero importa

Porque si falta todo esto, no ayuda a un proceso que, en muchos casos, no es fácil de asumir. Porque aunque hay personas ancianas fuertes que no muestran una imagen vulnerable de la vejez, que salen haciendo deporte, con operaciones estéticas y sonrisa de marfil… no todo el mundo envejece igual, porque el dinero es una parte importante para envejecer con dignidad. Porque no todo el mundo tuvo para ese dentista ni para fortalecer sus músculos en el gimnasio. Porque, en aquel momento, no había dinero para el dentista y porque el tiempo del gimnasio era ocupado con horas extras del trabajo. Nuestras condiciones de vida adulta ya marcan y siembran nuestra futura vejez.

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Cuando he visto a personas ancianas en los hospitales o enfermas me conmueve cómo piensan en silencio o cómo se dejan hacer porque ya no pueden, a pesar de la vergüenza. Me inquieta ser mayor por si un día pierdo también el derecho a esa intimidad que se rompe: a orinar con ayuda, a necesitar pañales o desnudarme ante mis hijos o hijas o desconocidos para que me duchen. Porque todo eso también forma parte de la vejez. Y cuando no puede resolverse en condiciones debe crear una rebelión dentro de la mente y cuerpo difícil de dominar.

Cada día aprendo a envejecer. Veo a mi abuela en mi madre. Se parecen sus gestos, sus gritos de susto, guarda las cosas de bolsa en bolsa, su cajita de pañuelos y la botellita de agua, le fallan las piernas y su corazón le hace prescindir a veces de su café de la tarde, el mismo que era imperdonable para la yaya. Cuando la miro me veo en ella, en unas décadas, y me pregunto cómo envejeceré (mos). Quizá alguien me dice que me adelanto, pero es que mi madre ya me dice, como mi abuela, aquello de “cuídate y corre, no pierdas el tiempo, que se va”.