El discurso secesionista

Luchas compartidas o luchas comunes

El ‘procés’ ha sido antes que nada la construcción de un relato e imaginario colectivo de la causa secesionista deformando el pasado y apropiándose de acciones colectivas y de personas

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El vicepresidente de Omnium Cultural, Marcel Mauri, el 14 de diciembre.

El vicepresidente de Omnium Cultural, Marcel Mauri, el 14 de diciembre. / Efe / Quique García

Todo empezó el 13 de octubre de 2008 en el acto de homenaje a Lluís M. Xirinacs en el Palau de la Música Catalana. Los independentistas hicieron una apropiación indebida de las manifestaciones unitarias de febrero de 1976 por la amnistía, las libertades y el Estatut d'Autonomia. El tridente programático de la Assemblea de Catalunya, con el cancerbero estratégico (el cuarto punto) de la unidad con las fuerzas democráticas del resto de España. Lo denuncié en este mismo diario (‘Épica independentista’), con la complicidad de Carles Pastor, recibiendo la primera perdigonada pública de los ‘procesistas avant la lettre’. 

El ‘procés’ ha sido antes que nada la construcción de un relato e imaginario colectivo de la causa secesionista deformando el pasado, apropiándose de acciones colectivas y de personas, subvirtiendo el significado de los conceptos y de las cosas y, a la postre, privatizando las instituciones y los sentimientos nacionales. Semanas atrás, Marc Andreu tiraba de las orejas, con razón, al diputado Vidal Aragonés por convertir a Francesc Layret en un protoindependentista. También se intentó hacerlo con ‘el Noi del Sucre’, el dirigente anarcosindicalista Salvador Seguí. 

Òmnium está en su derecho en avalar una ley de amnistía de parte e iniciar una recogida de firmas como un complemento electoral en favor de las candidaturas independentistas, pero nada de esto tiene que ver con la amnistía que cimentó la lucha antifranquista

Resulta fascinante observar cómo canciones emblemáticas ‘d’un temps i d’un país’ se reciclan y sirven para causas ajenas. ¿Cómo explicar los gritos actuales de ‘inde-inde-independència’ cuando Raimon pregona ‘qui perd els origens, perd identitat’ en su autodefinitoria ‘Jo vinc d’un silenci’? ¿Cómo la identidad nacional ha desplazado a la identidad de clase? Lo mismo sucede con la poderosa imagen cantada por Ovidi Montllor: ‘Ja no ens alimenten molles, ja volem el pa sencer’. Ante las frecuentes ensoñaciones de sus discípulos, Sigmund Freud no dudaba en afirmar: “Señores, tengan presente que con frecuencia un puro es solamente un puro”. 

La agitprop de Òmnium Cultural ha sido la más eficaz en vincular el antifranquismo al “procesismo” a través de la campaña ‘Lluites compartides’. El último ejemplo paradigmático ha sido la vinculación de la lucha por la amnistía tomando como excusa el 50º aniversario del encierro de intelectuales en Montserrat. El vicepresidente Marcel Mauri declara sin tapujos que, entonces como ahora, la amnistía suscita el máximo consenso cifrándolo en el 80% de la población catalana. Si nos atenemos a las votaciones en el Parlament disuelto, la propuesta de ley de amnistía a penas sobrepasa la mitad de los diputados. En estos momentos, la vía de la excarceración de los políticos presos que puede aunar un mayor consenso, político y social, es el indulto, no la amnistía.

Òmnium está en su derecho en avalar una ley de amnistía de parte, como hizo el Caudillo en 1939 para los suyos, e iniciar una recogida de firmas como un complemento electoral en favor de las candidaturas independentistas, pero nada de esto tiene que ver con la amnistía que cimentó la lucha antifranquista. Para la oposición democrática y, más concretamente, para los que más sufrieron la represión de la dictadura, la amnistía era la premisa de la reconciliación nacional, que desterrara la división entre vencedores y vencidos instaurada, mantenida y propagada por el franquismo hasta el último aliento del Generalísimo.

La amnistía era la llave de la democracia. Fue la primera ley que se aprobó en las Cortes Generales, con la abstención de los franquistas de Fraga Iribarne y el voto entusiástico y simbólico de Lluís M. Xirinacs. La amnistía no era el olvido y se pecó, sobre todo en democracia, por la muy tardía reparación moral de las víctimas por las instituciones. Generalitat incluida.

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En la cultura antifranquista no había luchas compartidas sino luchas comunes como la de la lengua catalana y la recuperación del autogobierno, en las qué destacó Comisiones Obreras a pesar de su ilegalización por parte del Tribunal Supremo en 1967. El mismo año que Òmnium volvía a funcionar con toda normalidad mostrando una escasa empatía por la luchas sociales, sindicales y políticas de la época. 

Cuesta entender su ausencia en la solicitud de permiso de la manifestación proamnistía de febrero de 1976, avalada por una larguísima relación de entidades de todo tipo. Quizás la convocatoria de manifestaciones no fuera pertinente en una entidad como Òmnium. Pero, entonces, ¿cómo explicar que fuera uno de los convocantes de la manifestación de apoyo de Jordi Pujol el día de su segunda investidura? Sí, cuando dijo aquello que “a partir de ahora, cuando alguien hable de ética, de moral y juego limpio, hablaremos nosotros”.