Un modelo de liderazgo hegemónico

La derrota de 'El Héroe': Trump y la masculinidad imperante

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Donald Trump, el (mal) perdedor de las elecciones de EEUU.

Donald Trump, el (mal) perdedor de las elecciones de EEUU. / Tom Brenner

El TNC presenta actualmente en su programación 'L'Hèroe', de Santiago Rusiñol. Una obra de teatro escrita a principios del siglo XX y, sin embargo, absolutamente actual. Describe -de una forma descarnada- el relato de la masculinidad imperante en nuestras sociedades en el año 2020.

Actualmente sería casi impensable escribir un texto literario que planteara de forma tan cruda un modelo de masculinidad que –dañando por supuesto a las mujeres- dañe también la construcción de un mundo distinto y arrasándolo todo a su paso, dañe también a los mismos hombres. 

El momento histórico en el que vivimos, si bien ha conseguido poner encima de la mesa el debate y la necesidad de la transformación feminista, trae consigo también la ocultación o edulcoración de realidades que ya no son fácilmente nombrables. Una de ellas la masculinidad hegemónica.

'L'Hèroe' consigue interpelarnos a través de la actualidad de sus textos y nos obliga a mirar de frente a una masculinidad que se legitima en la victoria frente a un supuesto enemigo -siempre presente- en una lógica de vencedores y vencidos, una masculinidad que desdeña el respeto y la empatía hacia el otro (otra) sea quien sea, que niega y menosprecia las muestras de vulnerabilidad en cualquier ámbito y la expresión de emociones; una masculinidad definida -sin fisuras- por la heterosexualidad y el derecho y la obligación de ejercer como depredador sexual

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Ese 'enemigo' puede ir cambiando de rostro con las décadas y los hombres que sostienen el estandarte de la masculinidad se van relevando pero el modelo es el mismo. Sin ir más lejos hemos permitido que un personaje como Donald Trump haya gobernado durante cuatro años un país como los Estados Unidos. Y, ahora, ante la derrota, 'El Héroe' -Trump en este caso- se retuerce como gato panza arriba y no acepta el resultado electoral que lo baja del pedestal y que debería obligarlo a revisarse él y su política. Pero nada más lejos de la realidad. Trump ha llevado su incapacidad para la autocrítica al esperpento a través de la demanda de Texas. Todo con tal de no sucumbir ante la realidad del desastre realizado durante su mandato. Afortunadamente el Tribunal Supremo ha rechazado recientemente la demanda de Trump para anular las elecciones en cuatro estados. 

Sin embargo, que el sentido común se acabe imponiendo en los tribunales estadounidenses no es del todo tranquilizador. Habitar un mundo que puede convivir con líderes (héroes para muchas personas) dominados por la egolatría, la falta de autocrítica, la incapacidad de reconocer otros liderazgos, incapaces de asumir la vulnerabilidad de un país ante una pandemia como la actual, centrados en el patriotismo como valor vacuo debería sacarnos los colores como sociedad.

Si consentimos estos liderazgos es porque son estructuralmente legítimados. Siempre hay alguien a quien doblegar para mostrar nuestra fuerza: un país, una cultura, un partido, un equipo de fútbol y -sobre todo- a las mujeres

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Ahora bien, si consentimos estos liderazgos es porque son estructuralmente legítimados. Hemos normalizado que es aceptable vencer como concepto. Siempre hay alguien a quien doblegar para mostrar nuestra fuerza: un país, una cultura, un partido, un equipo de fútbol y -sobre todo- a las mujeres. Las sociedades en general -pero especialmente encarnada en hombres- idolatramos a quienes son capaces de “salirse con la suya”, de doblegar la voluntad aunque sea a través de la palabra pero también de admirar a quien dice que nos va salvar, que tiene la capacidad de protegernos ante 'lo malo que hay en el exterior' aunque sea a costa del planeta. Menospreciamos la cotidianidad y el valor de las pequeñas cosas. Seguimos considerando exitosos a aquellos hombres que “conquistan” a más mujeres o que son aplaudidos por sus hazañas. Consideramos brillantes a aquellos que acumulan dinero y/o propiedades. También jaleamos a aquellos que ponen en riesgo su propia vida por no aceptar la debilidad que nos atraviesa a todas. Y, así, mantenemos también el valor de una heterosexualidad alejada de los afectos, centrada en la instrumentalización de los cuerpos (de las mujeres) y que, aún demasiado a menudo, no conseguimos identificar. 

Todos estos valores sociales que prevalecen a nuestro alrededor son los que permiten que estos 'héroes' lo sigan siendo, como repite la obra teatral: "Hombres, hombres, de los de verdad".