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Encarnado en el bolero

Armando Manzanero, autor de más de 400 composiciones, quitó importancia a su capacidad creativa porque, dijo, solo era el reflejo de su facilidad para enamorarse

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El cantautor mexicano Armando Manzanero, en una foto de archivo

El cantautor mexicano Armando Manzanero, en una foto de archivo / Efe Sáshenka Gutiérrez

Todo lo que pasa en la vida, antes ya lo ha cantado un bolero. Así justificaba Teresa Pàmies su interés por un estilo musical más que centenario que vivió los avatares de todos los cambios pero que sigue ahí. Amoldándose a la más amplia variedad de voces que, generación tras generación, han querido hacerlo suyo. Adaptándose a todos los registros que se le presenten y relacionándose con los diferentes estados de ánimo que los sentimientos producen. Amor y desamor, duda y desazón, despecho y razón, derrotismo y exaltación, búsqueda y reproche, orgullo y pasión. Y así lo demostró radiofónicamente la escritora durante tres lustros describiendo las cosas de la vida a ritmo y verso de lo que conmovía a García Márquez porque “que un bolero pueda hacer que los enamorados se quieran más aunque sea un momentico es culturalmente importante. Y si es culturalmente importante, es revolucionario”.

Eso sucedía cuando para la gran mayoría de quienes postulaban la revolución pendiente ese género había quedado reducido a la ridiculez del “te quiero, me quieres”. A la melodía franquista que sonaba en las radios censuradas y los entoldados de fiesta mayor. Como si la expresión de los sentimientos fuera una concesión al capitalismo denostado y su vigencia una claudicación a la dictadura dominante. Como si las letras que destilaban celos y adulterios, llantos y desgarros no fueran avanzadas a un tiempo de falso recogimiento sacramental e hipócrita vida remilgada. Hasta que, como la memoria todo lo custodia y el tiempo todo lo cura, llegó la edad de la nostalgia. Y aquellas viejas canciones recuperaron el valor perdido, se convirtieron en lo que pudo haber sido y no fue y se incrustaron en la reivindicada normalidad rememorando atisbos de felicidad y reflejos de melancolía archivada.

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Corrían los alterados 70 del siglo pasado, mucho antes de su victoria en Eurovisión, cuando de regreso de un viaje a México, Salomé se trajo las primeras canciones de Armando Manzanero (Mérida, 7-12-1934- Ciudad de México, 28-12-2020). Hasta entonces apenas nadie sabía algo del hombre que nos dejó esta semana y que le pondría banda sonora a los que buscarían “el momento más oscuro para darse el más dulce de los besos, recordar de qué color son los cerezos, sin hacer más comentarios, somos novios”. La canción le gustó a un languidecido Elvis Presley y se la hizo suya sin respetar texto alguno ni hablar siquiera con el autor que se limitó a decir que “no tuvo el gusto de conocerlo”. Pero de allí a la eternidad. Y llegaron las versiones de aquella y otras de las más de 400 composiciones que Manzanero creó para cantarlas con su hilo de voz para después oírlas engrandecidas por Tony Bennett y Rosario, Alejandro Sanz y Chavela Vargas, Moncho, Ana Belén y Presuntos Implicados entre otros.

Una mañana, cordial y educado como solía, llegó a TV-3 para hablar del artista y su obra. Sin dudarlo, se sentó frente al piano y desgranó sus grandes éxitos con la misma fluidez con que se los había prestado a Luis Miguel o se los regalaba a las millonarias audiencias de sus discos ampliamente galardonados. Le quitó importancia a su capacidad creativa porque, dijo, solo era el reflejo de su facilidad para enamorarse. Lo que a él le costó cinco matrimonios, a nosotros nos amenizó la vida y al bolero le modernizó el alma.