La cara de la Unión

Ursula von der Leyen resucita a la UE

La presidenta de la Comisión Europea ha hecho de la vacunación simultánea el acto de europeísmo más destacado desde el euro

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La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. / ETIENNE ANSOTTE (DPA)

Es lo mejor que nos ha pasado en este maldito 2020. Mientras la pandemia daba alas a populistas y nacionalistas, la presidenta de la Comisión Europea desafiaba el covid-19 con energía, reflejos y un acierto que han resucitado el proyecto europeo. Resucitar es la palabra, porque cuando tomó posesión hace un año, la Unión Europa estaba en la UCI. Tras cinco años de presidencias de Jean-Claude Juncker y diez de José Manuel Barroso, la Comisión, paralizada por los estados, era víctima de un sálvese quien pueda que tenia en el Brexit su expresión más desabrida. En estas circunstancias, nadie daba un duro por una mujer como Von der Leyen, cuyo máximo aval, Angela Merkel, tenia los meses contados como canciller alemana. Trece meses después, empieza a ser vista como uno de los líderes más reconocidos de la escena mundial.

Durante este año, ha tenido que torear con la pandemia y el Brexit, las dos mayores crisis que ha vivido la UE desde su fundación. En vez de parapetarse tras las bambalinas del Consejo, ha asumido las negociaciones con Boris Johnson en primera persona hasta obtener un buen acuerdo para la Unión Europea. Para hacer frente al covid-19 se las ha tenido que ver con la burocracia de Bruselas, con los resabios de su partido, la CDU alemana, reacia a pagar la factura europea, y ha llamado al orden a húngaros y polacos que pretendían bloquear los fondos de recuperación. Más importante aún, Von der Leyen ha hecho de la vacunación simultánea el acto de europeísmo más destacado desde el euro. Todo ello, sin dejar de afrontar, en conexión con el Parlamento, un compromiso por una economía verde y un futuro digital, dos desafíos en los que se juega la geopolítica del siglo XXI.

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Sus logros no deberían sorprender porque su trayectoria es la de una democratacristiana humanista que recuerda a algunos fundadores del proyecto europeo. Como médica, abogó por el sistema público y se interesó por la salud de las mujeres. Como ministra de Defensa, no dudó en armar a los peshmergas kurdos para derrotar al ISIS. Como demócrata amenazada por la banda Baader-Meinhoff tuvo que vivir un tiempo en Londres, bajo otro nombre. Como consejera del Gobierno de la Baja Sajonia, vivió la complejidad del federalismo. Como europeísta (nacida en Bruselas, hija de un funcionario comunitario) ha sugerido el horizonte de unos Estados Unidos de Europa. Experiencia de gestión, ideas propias y determinación han sido sus bazas. Las que le permitieron, en su momento, pararle los pies a Donald Trump para defender el suministro de gas ruso a Alemania, apoyar a jóvenes polacos descontentos, criticar a Viktor Orbán por recibir refugiados con gases lacrimógenos, o votar a favor del matrimonio del mismo sexo, en contra de la CDU.

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De consolidarse su liderazgo, ningún líder mundial podrá decir, como dijo Henry Kissinger, que no sabe a quién llamar cuando tiene un problema con Europa. Bastará con marcar el teléfono de Ursula von der Leyen, una cara reconocible que la UE no había tenido desde Jacques Delors.