Editorial

Puerta abierta a los indultos

El presidente del Gobierno marcó el camino de las medidas de gracia pero fue menos convincente a la hora de minimizar las discrepancias con su socio

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El Periódico

Pedro Sánchez, durante una comparecencia en el Palacio de la Moncloa. 

Pedro Sánchez, durante una comparecencia en el Palacio de la Moncloa.  / JOSÉ LUIS ROCA

Pedro Sánchez hizo este martes balance del año, con un saldo claramente triunfalista y con una metodología elaborada por un grupo de expertos elegidos por el Gobierno. De los 1.238 compromisos adquiridos se han cumplido el 23,4%, según este informe, y en los próximo seis meses el grado de cumplimiento llegará al 32,6%, es decir, un tercio para un tercio del mandato. Pero, más allá de los números y de la valoración del trabajo realizado contra la pandemia, en la comparecencia de Sánchez destacaron dos temas, los posibles indultos a los presos independentistas y la renovación de la Monarquía. Aunque no se pronunció rotundamente sobre cuál será la decisión final de su Ejecutivo, sus palabras no pudieron ser más claras en el sentido de que la puerta está abierta para concederlos. Tras las declaraciones favorables de Carmen Calvo y José Luis Ábalos, Sánchez fue más explícito que nunca, al decir que el Gobierno «apuesta claramente por el reencuentro, por la reconciliación y por la convivencia en Catalunya y de Catalunya para con España» para «superar episodios aciagos que nos sonrojan a todos». E insistió en que ese reencuentro compromete a las dos partes porque ambas han cometido errores.

Los fiscales se han pronunciado en contra de los indultos, con comentarios políticos fuera de lugar; previsiblemente, el Tribunal Supremo también se opondrá, y el PP ya ha anunciado que recurrirá la concesión por tacharla de «ilegal». Pero el indulto es una medida de gracia que solo depende del Gobierno. Y que políticamente es una de las pocas vías posibles para desencallar la situación en Catalunya. Las reiteradas señales de su disposición a dar un paso que encontrará oposición desde múltiples frentes prueban que el presidente se siente fuerte cara al segundo año de mandato tras la aprobación de los Presupuestos. Aunque difícilmente habrá nuevos avances hasta que se aclare, tras las elecciones catalanas, si el Gobierno tendrá enfrente un interlocutor dispuesto a gestos recíprocos, y hasta que se haya renovado el Consejo General del Poder Judicial.

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En cuanto a los cambios en la institución de la Corona, que Sánchez aseguró que ya se van haciendo desde que Felipe VI sucedió a su padre, en los próximos meses debe haber un nuevo impulso en ejemplaridad, transparencia y modernización de lo que debe ser una monarquía parlamentaria constitucional acorde a la España del siglo XXI. Sería bueno que esa adaptación alcanzara a la reforma de la inviolabilidad para que solo los actos relacionados con el ejercicio de la jefatura del Estado tuvieran esa condición, y no los asuntos privados. A esta reforma, que puede ser una autorregulación o una ley que regule la institución, se sumó el PP, en la única concesión al entendimiento más allá del balance catastrofista que hizo Pablo Casado sobre el mandato de Sánchez. 

El presidente fue menos convincente al minimizar las discrepancias con su socio, Unidas Podemos (UP), cuando aseguró que el Ejecutivo sale de este año tan complejo «más fuerte y más unido». Una cosa es garantizar la continuidad del Gobierno de coalición, que pocos ponen en duda, y otra minimizar las divergencias sobre el salario mínimo -el Consejo de Ministros lo dejó intacto en 950 euros, en contra de lo que pedía UP-, el poder judicial, la Monarquía o la inevitable reforma de las pensiones. Aunque integren un solo Gobierno, Sánchez y Pablo Iglesias deberían rebajar las tensiones para que la legislatura no se convierta en un sobresalto continuo.