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Felipe VI, durante uno de sus discursos de Navidad.

Felipe VI, durante uno de sus discursos de Navidad. / EP

Hay un gesto del rey Felipe VI que desconozco si incluyó en su catálogo de gestos el día 3 de octubre de 2017, pero que desde entonces practica con cierta asiduidad. Es el que consiste en apretar los puños con contundencia y exhibirlos ante la cámara para expresar una decidida voluntad de hacer cosas o de ensalzar una determinada idea. En aquel otoño de hace tres años daba miedo, el gesto, y ahora parece un poco descafeinado, un poco teatral, un poco vacío. En cualquier caso, no fue acompañado de las palabras necesarias y precisas -no vagas ni opacas- sobre la opaca situación de la familia o sobre las exhibiciones indecentes de unos cuantos militares bajo su regio mando.

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En cambio, Isabel II, aún firme en su vejez, con voz diáfana y dicción precisa, fue mucho más creíble en un mensaje de Navidad que se acababa con un coro de profesionales de la medicina cantando el 'Joy to the world' de Handel. Sin excesos, sin puños cerrados, recordando la figura de la enfermera Florence Nightingale, en el 200 aniversario de su nacimiento, como ejemplo de dedicación y símbolo de esperanza. En la tradicional línea británica de transmitir calor cerca de la chimenea.