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Larguísimas filas de camiones para entrar en el puerto de Dover, este jueves. 

Larguísimas filas de camiones para entrar en el puerto de Dover, este jueves.  / MATTHEW CHILDS /REUTERS

Atrapados en la frontera entre Reino Unido y Francia. Días sin ducharse, apurando las provisiones o comiendo de la solidaridad de desconocidos. El golpe final de un año inclemente: la Nochebuena en un camión varado. Solos. Alejados de la familia. Convertidos en peones de la política. El covid como excusa. El colapso de mercancías como anuncio de lo que podría haber supuesto un brexit sin acuerdo. Los estados, las instituciones haciendo sus jugadas sobre el tablero. Inevitable sentir que la soledad en esa cabina es algo más que una descripción física.

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Mientras el país estaba confinado, los establecimientos cerrados y las poblaciones envueltas en un halo fantasmal, los camiones siguieron recorriendo las carreteras. Durante muchos días, en condiciones durísimas. Sin comida caliente ni duchas. Su trabajo era esencial, imprescindible, pero se tardó demasiado en atenderles. Una desatención que se ha visto multiplicada estos días, agravada por el peso emocional de las fiestas navideñas. El sentido de la justicia, de la igualdad, del bien común, las más bellas palabras y expresiones se convierten en papel mojado cuando cunde la sensación de desamparo.