El discurso de Navidad

El mensaje del Rey y sus silencios

Felipe VI podría haber sido más claro y directo sobre el comportamiento de su padre, pero no ha esquivado el problema. En cambio, sí ha soslayado otros dos asuntos relevantes

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El Rey Felipe VI en su mensaje de Navidad a los españoles

El Rey Felipe VI en su mensaje de Navidad a los españoles / EFE

Según dispone la Constitución en el artículo 56.1, el Rey es el símbolo del Estado y sus discursos públicos deben ajustarse a su papel institucional. Por eso sus manifestaciones deben ser acordadas con el Gobierno de turno, para que no contenga ideas contrarias a la política del Ejecutivo. Al fin y al cabo, es el Gobierno el que, por la investidura parlamentaria de su presidente, tiene la legitimidad democrática para dirigir el país. Pero no sería correcto que un Gobierno quisiera instrumentalizar al Rey, obligándole a decir algo que el monarca rechazara. El Rey no puede convertirse en portavoz del Gobierno, porque eso podría dar a sus discursos un sesgo partidista incompatible con su función de jefe de Estado. De acuerdo con eso, los elogios y las críticas por lo que dijo Felipe VI la noche del 24 podrían repartirse entre el Gobierno y el monarca, porque se acordó entre la Zarzuela y la Moncloa. En ese reparto, la mayor parte debería corresponder al Rey, puesto que le corresponde a él proponer los contenidos de sus intervenciones públicas. En cuanto a sus silencios, que a veces pueden ser llamativos, igualmente debe asumir el Rey la mayoría de los reproches o de los aplausos que puedan suscitarse.

Gran parte de lo que dijo en la noche del 24 era previsible, pero también necesario. Ante una terrible crisis sanitaria y económica, y ante los graves problemas sociales que se avecinan, cualquier jefe de Estado tiene que hacerse eco del dolor y la angustia que sienten muchas personas. Debe expresar también el agradecimiento por los desvelos de los sanitarios y servidores públicos, y por la generosidad que ha brotado de muchas organizaciones y particulares. Igualmente, ha de lanzar mensajes positivos, que ayuden a superar las dificultades que afectan a la sociedad en su conjunto.

Esa sintonía del Rey con los sentimientos que comparte la mayoría de la sociedad es indispensable, en momentos en los que existe un importante sentimiento antimonárquico en nuestro país. En el apartado institucional, ha recordado la importancia de la democracia y de la Constitución. Y como se esperaba, y convenía a la institución que encarna Felipe VI, ha aludido muy indirectamente al comportamiento de su padre. Lo ha hecho al recordar los “principios morales y éticos” que obligan por encima de consideraciones familiares. Podría haber sido más claro y directo, pero no ha esquivado el problema. Sin embargo, me parece que el comportamiento de Juan Carlos no es más que uno de los problemas con los que se enfrenta la reputación de nuestra monarquía.

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Creo que Felipe VI ha perdido la oportunidad de encarar explícitamente dos asuntos que erosionan la imagen de la monarquía y de su encaje en el Estado de derecho. El primero es el alcance de la inviolabilidad del Rey. La prevé el artículo 56, citado al principio, en su apartado 3, pero no se termina de precisar de modo claro su verdadero alcance. Felipe VI, al hilo de sus referencias a la Constitución y a los principios morales, hubiera podido expresar su deseo de que la ley dejara claro que la inviolabilidad no ampara al Rey en sus actos privados, en los que debe estar, sin privilegios, al mismo nivel que cualquier ciudadano. El segundo asunto tiene que ver con el lamentable comportamiento de algunos militares, que hacen saludos fascistas y acreditan un intolerable desprecio hacia el orden constitucional. El Rey podría haber dicho que en las fuerzas armadas no caben los que fantasean con fusilar a sus compatriotas, y recordar que los militares están para defender la Constitución y obedecer al Gobierno formado de acuerdo con ella. Porque, aunque dirección de los ejércitos corresponde al Gobierno, según el artículo 95 de la Constitución, el Rey ostenta simbólicamente su mando supremo en los términos del artículo 62.h. Todavía puede hacerlo en la Pascua militar, que se celebra el próximo 6 de enero. Ahí podría inspirarse en un buen ejemplo de su padre, cuando, vestido de uniforme, en la noche del 23 de febrero de 1981 ordenó a los militares insurrectos que regresaran a sus cuarteles. Felipe VI, entonces príncipe de Asturias, estaba junto a él, y lo tendría más fácil.