Deseos por Navidad

Una carta

Valió la pena creer en los Reyes Magos, aunque, si existieran, ahora les pediría que no deje de creer en la gente

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Los Reyes Magos, en una cabalgata del pasado mes de enero.

Los Reyes Magos, en una cabalgata del pasado mes de enero. / ACN

Dada la fecha, hoy correspondería escribir una carta de Navidad, con buenos deseos para todos. Por supuesto: a todos ustedes les deseo lo mejor para estos días y los que vienen. También se lo deseaba antes de Navidad, que conste.

Y ahora me voy a adelantar unos días y me voy a enero. Porque, aunque falten un par de semanas, me gustaría escribir sobre los Reyes. Los Reyes Magos, claro. En parte estoy usando el mismo el truco que hacía mi hermano cuando éramos pequeños.Él adelantaba en el belén la figurita del rey que le tocaba (Baltasar, porque era el tercero), con la esperanza de acelerar su llegada. Siempre había algún adulto que se encargaba de retornar a ese turbo Baltasar de plástico a su lugar.

Valió la pena creer en los Reyes Magos, aunque después también resultaron ser una engañifa .Porque los reyes de verdad son aquellos que elegimos nosotros por sus méritos: el rey del rock, la reina del pop, el rey de la comedia… O, ya en un ámbito familiar, mi tío Quimet, que fue “el rey de la bleda” en El Prat de Llobregat. Con un producto un poco más glamuroso y trasladando el Mercadona a, pongamos, Nueva Jersey, los americanos te montan una serie de varias temporadas y un 'spin-off', por lo menos. Ahí lo dejo HBO.

Yo tengo que volver a los Reyes Magos, en concreto al día en que dejé de creer en ellos; un momento doloroso, una desilusión contra la que recuerdo que luché con todas mis fuerzas. Sabía la verdad antes del día en que mi madre nos convocó a los tres hermanos, como en una especie de rueda de prensa en el comedor de casa, para revelárnosla. Ya tenía edad para saberlo, pero la confirmación por su parte golpeó como si hubiera sido un descubrimiento.

Porque era mucho mejor, mucho más bonito que existieran. Por eso puse tanto empeño en bloquear los intentos de chivatazo de los que ya lo sabían y necesitaban imperiosamente que los otros se enterasen, por lo que te asaltaban en el patio del colegio con el “¿sabes que los Reyes son los padres?”. Pero mi cerebro se negaba a interpretar esa frase. Era como si me hablaran en ruso o de ecuaciones de tercer grado. Era un ejercicio de negación bastante cansino, pero, en el fondo, fácil. Solo se trataba de negarle el sentido a la frase y para ello bastaba con hacer que no entendías a qué o a quiénes se refería la palabra “padres”; de qué padres se suponía que se trataba. Después había que alejarse con suficiente rapidez para evitar la explicación. La intuición te decía que, si llegabas a escucharla, la onda expansiva te reventaría todas las defensas.

En los últimos días siento revivir esa sensación de estar luchando por defender una imagen ideal a pesar de todas las señales de que me estoy equivocando

Más complicado era ignorar el cúmulo de pruebas que apuntalaban esa frase: las miradas que intercambiaban tus padres al hablar de los Reyes, el hecho de que nunca tuvieran hambre esa noche y no cenaran con nosotros, pero dejaran dos platos–y no tres– de comida, que amanecían vacíos. “¡Vaya, pues sí que tenían hambre los Reyes!”. Y, sobre todo, que siempre hubiera algún regalo que coincidía con productos de la empresa que representaba mi padre en ese momento: galletas, caramelos, plastilina… No digo los nombres de las empresas por si acaso no estaba permitido que usara muestra para tales fines, aunque, de todos modos, su 'delito' ya habrá prescrito. Recuerdo que en una ocasión le dije a mi padre: “Mira qué tontos los Reyes, se han gastado dinero en lápices de colores que ya tenemos”. Para ser tan listilla era bastante tonta. A mis padres debieron de saltarles todas las alarmas. Las mías estaban convenientemente desconectadas.

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¿Por qué cuento todo esto? Pues porque en los últimos días siento revivir esa sensación de estar luchando por defender una imagen ideal a pesar de todas las señales de que me estoy equivocando, de que me está costando mucho preservar la fe en algo que es muy valioso para mí: la inteligencia humana.

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Por eso, a pesar de las masificaciones para comprar un puñetero regalito que a nadie le hace falta, a pesar de las fiestas multitudinarias, a pesar de la gente que va sin mascarilla, a pesar de las manifestaciones de negacionistas, a pesar de la gente, quiero creer en la gente.

Eso es lo que, si existieran, les pediría a los Reyes Magos en la carta: que no tenga que perder también esto. Pero, como no existen, la carta va dirigida “a quien corresponda.”