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La exministra de Sanidad Maria Luisa Carcedo, junto a Angel Hernandez (que ayudo a morir a su mujer, enferma de esclerosis multiple), celebran frente al Congreso la aprobacion de la ley de la eutanasia, el 17 de diciembre.

La exministra de Sanidad Maria Luisa Carcedo, junto a Angel Hernandez (que ayudo a morir a su mujer, enferma de esclerosis multiple), celebran frente al Congreso la aprobacion de la ley de la eutanasia, el 17 de diciembre. / Eduardo Parra (Europa Press)

Hay leyes y leyes. La actividad legislativa en general es importante para los ciudadanos, pero hay legislaciones que la ciudadanía siente, con razón, que son trascendentales en su vida diaria. Que les afectan de forma directa. Esta semana, el Congreso ha aprobado una de ellas: la de la eutanasia. “Por fin muchas personas en España podrán ver la luz al final del túnel. Personas que sufren, personas técnicamente vivas pero muertas en vida. Personas que no desean continuar con la agonía y el dolor que supone estar postradas en una cama o una en silla de ruedas, sin valerse por sí mismas, y sin ninguna esperanza. Personas para las que, al fin y al cabo, el derecho a la vida es sinónimo de obligación de sufrimiento estéril e inhumano”, escribió en una carta José Manuel Fernández-Arroyo, de Barcelona.

Es difícil que al pensar en conceptos como eutanasia a muerte digna no vengan a la cabeza los nombres que protagonizaron historias con un gran impacto mediático: Ramón Sampedro (con Ramona Maneiro), o el doctor Luis Montes, por citar solo algunos. Pero a diario, muchas familias españolas se encuentran en situaciones dramáticas que giran alrededor del concepto de la muerte digna: la eutanasia, la muerte asistida, el testamento vital, el derecho de los pacientes a la autonomía, el respeto a la voluntad y la libertad individual. Es el duro proceso de enfermar y morir, o el de vivir en unas condiciones de dependencia y con unas limitaciones que cuesta llamar vida a esa existencia. Quien más quien menos todo el mundo ha tenido un caso cercano, debate sobre el asunto con conocimiento de causa, o piensa que, según se repartan los naipes, puede encontrarse en esta situación. En leyes como esta, lo que discuten sus señorías en el Congreso resuena con íntima cercanía.

Tremendismo

En la encendida conversación sobre la eutanasia, quienes se oponen recurren a argumentos tremendistas (la “cultura de la muerte” de la que ha hablado la derecha en el debate político sobre la ley) o de índole moral. “Perdonen mi opinión, pero no puedo admitir que el asesinato sea un adelanto social. La historia nos ilustra sobre el tema; desde Esopo y los fabulistas posteriores a la medicina con el Juramento Hipocrático, y no digamos la religión, el adelanto voluntario de la muerte ha sido condenado siempre. Y lo que desea todo anciano o enfermo es que lo cuiden, paliando el sufrimiento que le causen sus achaques, nunca su asesinato. Es mi opinión, y no permitiré que a mí me apliquen la eutanasia”, afirma en una carta Jose Gutiérrez, de Barcelona.

Quienes apoyan la ley responderían a Gutiérrez que de esto se trata: que todo el mundo, él incluido, tenga el derecho y la libertad de elegir cómo morir. Porque la ley aprobada esta semana, como antes las legislaciones sobre el divorcio, el aborto o el matrimonio homosexual, puede (debe) ser vista como un asunto de derechos y libertades. “Yo no me he divorciado, no he abortado y no me he casado con nadie de mí mismo sexo; sin embargo, infinidad de personas de este país han agradecido imperiosamente que además también se legisle para que la vida sea más llevadera y en definitiva, más feliz. En el caso de la eutanasia parece que sea contradictorio pero la felicidad también es morir cuando llega tu hora, no cuando lo decide una máquina que eterniza una agonía latente y sin remisión”, escribe Andrés Hinarejos, de Barcelona.

Opción a elegir

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La postura de Gutiérrez, convertida en ley, impide a quien así lo quiera decidir algo contrario. La de Hinarejos, en cambio, permite decidir qué hacer llegada la crítica situación tanto a Gutiérrez como a quienes se inclinen por otras opciones vitales. Esta distinción es vital entre legislar a partir de principios exclusivamente morales o con un enfoque de derechos y libertades. En el segundo caso, de lo que se trata tanto en la eutanasia, como en el aborto, el divorcio o el matrimonio d las personas de mismo sexo, es permitir a los ciudadanos elegir con plena seguridad jurídica cómo quieren vivir, o morir. No se trata que el Estado se inmiscuya en las vidas de las personas, sino que les permite optar.

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