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Mujeres sin hogar en tiempos de covid

La visión androcéntrica de las investigaciones las invisibiliza

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El número de personas sin hogar ha pasado de 1.190 personas alojadas en el año 2008 a las 1.907 del 2016.

El número de personas sin hogar ha pasado de 1.190 personas alojadas en el año 2008 a las 1.907 del 2016. / AYUNTAMIENTO DE BARCELONA

La crisis sanitaria y económica ha acelerado los procesos de exclusión. Lo constatan las entidades que trabajan con los colectivos más vulnerables que alertan sobre una realidad cada vez más patente en nuestras calles: las mujeres sin hogar. Desde la llegada del covid, el número de mujeres atendidas en una de las entidades de referencia de Barcelona, el Centre Assís, ha crecido en un 77%. Se trata en su mayoría de mujeres que se encontraban al límite, que evitaban la calle pasando la noche en una pensión o en casa de algún conocido, y que ahora han visto desvanecerse sus estrategias de supervivencia. La covid no ha creado una situación nueva pero ha acelerado el sinhogarismo femenino que permanecía oculto.

Hoy se cumplen quince años del asesinato de Rosario Endrinal a manos de tres jóvenes que la quemaron viva mientras dormía. Tenía 50 años y una cámara registró el ensañamiento de sus verdugos. La opinión pública no pudo abstraerse durante semanas de las brutales imágenes pero el impacto que causó el caso no sirvió para profundizar en el sinhogarismo femenino que sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes de las políticas públicas en Catalunya.

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Si la principal causa por la que los hombres acaban en la calle es la falta de empleo, en el caso de las mujeres es la violencia. Según constataba en 2019 un estudio de dos grupos de investigación de la Universidad de Barcelona, la violencia es lo que conecta las historias de las mujeres sin hogar, antes y durante su vida en la calle. Dos tercios de ellas han experimentado violencia por parte de su pareja y la mitad abusos sexuales en la infancia o en la vida adulta. La violencia es también el desencadenante para abandonar el domicilio y cuando llegan a la calle se encuentran con la amenaza constante de los abusos sexuales pero también físicos. La paliza que propinaron a Rosario Endrinal antes de prenderle fuego es una situación habitual que enfrentan las mujeres que viven en la calle.

¿Por qué hablamos tan poco de una realidad tan dura que tenemos al costado? En parte es por la visión androcéntrica de las investigaciones en relación al sinhogarismo que invisibiliza a las mujeres que representan alrededor de una de cada diez personas sin hogar. También está el hecho que las propias mujeres intentan pasar desapercibidas recurriendo a opciones desesperadas para no pasar la noche al raso, como intercambiar sexo por techo.

En 1989, Kimberlé Crenshaw introdujo el concepto de interseccionalidad como un neologismo para abordar la desigualdad desde un prisma donde intervienen diversos factores, como la clase social, el género o el color de la piel. Analizar el sinhogarismo sin tomar en cuenta los factores de género, el hecho que afecta en mayor medida a las migrantes y que un detonante es la violencia de género, no ayuda a encontrar soluciones. Hay mujeres en la calle porque no les proporcionamos herramientas para vencer la exclusión pero también porque en Catalunya tenemos una red de atención que llega sólo a una de cada diez mujeres que se estima son víctimas de violencia machista. Nueve de cada diez queda fuera de cualquier tipo de atención.

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El Parlament de Catalunya ha aprobado en esta legislatura resoluciones y mociones que instan al Govern a crear recursos residenciales y de acompañamiento específicos para mujeres, pero también sistemas de detección precoz. Ninguna de estas medidas se ha hecho realidad. Tampoco se ha elaborado un estudio para conocer el número de mujeres que duermen en la calle y sus problemáticas específicas.

Las entidades que las atienden dicen que la mitad ha intentado suicidarse y que llegan a la calle en peores condiciones que los hombres. Que el detonante es una crisis de pareja, situaciones límite de violencia pero también la falta de vivienda y de prestaciones sociales. Muchas se han visto obligadas a desprenderse de sus hijos e hijas y sueñan con recuperarles. Nos dicen que son cada vez más y que en los próximos meses serán centenares las que quedarán al descubierto. Catalunya necesita un cambio por muchas razones pero una de ellas es que estas cuestiones tienen que comenzar a ser prioridad.