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Navidad de escritores

Uno puede montar una mesa de 100 autores leyendo sus deliciosas entrevistas recogidas en la antología 'The Paris Review. Entrevistas' (1953-1983)'

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Decoracion navideña en la Libreria Jaimes.

Decoracion navideña en la Libreria Jaimes. / Ferran Nadeu

Decía Bukowski en un documental que no le gustaba hablar con escritores porque eso era “como beber una copa de agua dentro de una bañera”. 

Convengamos en decir que esa idea, la de beber agua, era en su caso casi ciencia ficción. Pero añadamos que él no aparece en la lista de 100 autores de la antología 'The Paris Review. Entrevistas' (1953-1983), un imponente doble tomo de conversaciones literarias que acaba de editar Acantilado y que causará severas tendinitis para Papa Noel cuando tenga que cargarlo y gran felicidad a los afortunados que lo reciban como regalo. 

De ese centenar de escritores y escritoras uno no sabe, en tiempos de restricciones pandémicas, qué cuatro elegiría para tomar una cerveza en una terraza o, aún peor, qué 10 nombres convocaría para una cena de Nochevieja. 

Para empezar, muy probablemente muchos de ellos querrían presentarse con sus personajes y ya solo sus egos ocuparían doble asiento. Los escritores, además, son como los polvorones: mejor de uno en uno. Juntos dejan de ser escritores para ser actores y muy probablemente todo serían quejas. Quien quiera salmón, que levante la mano, diría el anfitrión. Y todos negarían formar parte de generación alguna y declinarían comer lo mismo que el de al lado. Habría una verdadera batalla por las botellas (¡pero mira cómo beben!) y sería bastante complicado que fluyera la conversación, porque nadie escucharía. ¿Quién quiere recoger la mesa? “Preferiría no hacerlo”, diría más de uno. 

Y, sin embargo, uno fantasea con sentar a Joan Didion al lado de Javier Marías, para que ella le hable, mientras le pasa la lubina, del panorama de novelistas hombres que se encontró: “Bebida a raudales, hígados maltrechos, África, París, pescar peces grandes”. Cuando se le pregunte en el primer plato a Bellow qué quiere de postre, probablemente él conteste: “Quienes habláis de urdir planes debéis de pensar que el novelista es capaz de levantar un rascacielos para esconder a un ratón muerto”. Nabokov, contrariado por la marca de vodka y ante la observación de que la suya no ha sido comprada porque nadie más la quería, exclamará: “Yo estoy aquí, soy una multitud en mí mismo”. Cuando alguien urja a Updike a decidirse por carne o pescado, él se indignará: “Me parece burdo todo lo que se expresa sin ambigüedades. Si encima se trata de mí, me dan ganas de reírme o de ponerme a llorar”.

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Sería difícil elegir, pero es que, gracias a esta titánica edición no es necesario hacerlo. Uno puede montar una mesa de 100 para pasar la Navidad leyendo sus deliciosas entrevistas. Son los únicos que, aunque caiga otro confinamiento y hasta que las vacunas no dibujen un final feliz, sabemos que nos podrán acompañar en estas fechas, tan señaladas, y también en el resto, cuando sigamos subrayando sus libros.