La hora de Europa

El emérito, los golpistas, los presos y todo lo demás

La UE muestra su mejor rostro. La cuestión es si España y Catalunya están en disposición de identificar y afrontar el desafío principal del siglo XXI o se entestan en enredarse en ensoñaciones febriles del XX. O del XVIII

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La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. / KENZO TRIBOUILLARD (AFP)

La extrema derecha, la derecha extrema y una camarilla de militares retirados acampan en un bosque oscuro y se entregan con anacrónica exaltación a las psicofonías franquistas. ¡Anda, esa voz!

El rey emérito se abandona a la codicia, el amaño y la arrogancia, y ahora le echa un pulso a su sucesor amagando con regresar cuando él decida del refugio árabe al que nunca debió partir. Felipe VI permanece mudo. La monarquía le birla el trabajo a los republicanos. Para hundirse en el lodo se basta ella sola, no parece necesitar adversarios.

La fricción en las junturas de la coalición del Gobierno levantan chispas, pero no se aprecia de momento riesgo de incendio. Las encuestas laminan a Podemos y este ve en la brega antimonárquica, tan incómoda para el PSOE, un revulsivo de ocasión.

Los independentistas catalanes se baten en duelo fraticida a lo largo de la vereda que lleva a las urnas. En ese combate insomne solo hay un factor de convergencia: los presos. Vuelve a resonar el grito de amnistía. Es un grito vacío: hasta quienes lo promueven admiten en privado que no tiene más virtualidad que la estimulación electoral. Posee, sí, gran fuerza emocional y simbólica. Conecta por vía umbilical con el imaginario antifranquista. Es la romantización de un momento épico vivido, imaginado o solamente impostado.

Inviabilidad

Ese grito puede aglutinar muchos votos el 14-F. Y nada más. No habrá amnistía. Los independentistas presos saldrán de las cárceles indultados o liberados tras una reforma favorable del Código Penal o, si esas dos vías no prosperasen, con beneficios penitenciarios. Pero no amnistiados. Hoy, una amnistía es jurídica y políticamente inviable, lo cual es bien sabido por sus promotores.

Pues en esto se afanan las tribunas españolas, mientras la Europa unida, es decir, también España y Catalunya, se congracia con el espíritu de sus fundadores, tantas veces defraudado. La Unión Europea da una respuesta solidaria y contundente a la mayor crisis que ha enfrentado a lo largo de su breve historia. Puede entenderse que cede una fracción temporal ante el chantaje de los gobiernos autoritarios de Hungría y Polonia, como ha puesto de relieve Eliseo Oliveras en este diario. Pero es eso: una fracción temporal. La alternativa era poco menos que suicida. Exponerse a un bloqueo indefinido de los fondos de reconstrucción hubiera sido sacar más de medio cuerpo fuera del filo del abismo.

Cuestión de siglos

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En esto está Europa. La cuestión es si España, y por supuesto Catalunya, están en disposición de identificar el desafío principal que plantea el siglo XXI y de afrontar la racionalización y la modernización de sus estructuras económicas, o se entestan en enredarse en ensoñaciones febriles del XX. O del XVIII.