LA CUMBRE DEL CLIMA

Un año de la COP25: ¿qué celebramos, exactamente?

Como en tantas otras citas climáticas, lo importante en Madrid fue la celebración del evento en sí mismo, no los acuerdos

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Greta Thunberg, durante su intervención en el plenario de la Cumbre del Clima en Madrid.

Greta Thunberg, durante su intervención en el plenario de la Cumbre del Clima en Madrid. / AP / PAUL WHITE

Estos días se cumple un año de la celebración de la COP25 en Madrid. Ya saben, aquella cumbre sobre cambio climático auspiciada por la ONU que se tenía que celebrar en Chile, pero acabó en IFEMA. Fue la cumbre más larga de todas las que se recuerdan y ahora, 12 meses después, nos toca mirar atrás y hacer balance.

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Sorprende –o quizá no tanto– el tono triunfalista con el que determinadas instituciones revisitan los logros alcanzados en Madrid. Parece que, para algunas personas, lo importante es la celebración del evento en sí mismo, no aquello que se acuerde. El esfuerzo logístico, el dinero aportado por las empresas patrocinadoras, los miles de personas que participaron. Creo pertinente recordar las palabras de Elena Cebrián, exconsejera valenciana de Medio Ambiente, quien no acudió a la cumbre anterior en 2018 (en Katowice, Polonia), y lo justificó así: “Justo porque sabemos que es algo tan serio y urgente, sería un error convertir las cumbres, conferencias y debates sobre cambio climático en una feria de las vanidades. Observo con inquietud cómo las últimas cumbres climáticas empiezan a parecerse cada vez más a un teatro, más preocupado por mostrar un escenario colorido y una buena foto del elenco al final de la función, que por la esencia de la representación que es conectar con su público, con las personas. (...) Estas conferencias ‘diploclimáticas’ empiezan a convertirse en objetivos en sí mismas, con el enorme riesgo de confundir objetivo e instrumento”.

Logos y 'greenwashing'

Madrid fue justo eso. En el poco tiempo que pasé en la COP25 comprobé cómo, a pesar del esfuerzo honesto y desmedido de mucha gente, lo que quedaba en la retina eran los logos de las grandes empresas energéticas, auténticas ganadoras de la cita mediante un descarado ejercicio de ‘greenwashing’. Mientras Greta Thunberg pedía por enésima vez que se escuchase a la ciencia, la sala en la que lo dijo, a reventar el día de su intervención, se vaciaba cuando subían los científicos al estrado. Los acuerdos fueron tan de mínimos que apenas se recuerdan. El mundo ha seguido emitiendo gases de efecto invernadero exactamente igual que si la cumbre no se hubiese celebrado, y si algo ha cambiado –aunque haya sido muy poco– el curso de estas emisiones no ha sido una cumbre internacional, sino el coronavirus. Tras año y medio de movilizaciones y exigencias ciudadanas la expresión “ambición climática” debía cristalizar en acciones concretas, pero se tornó humareda y desorientación. Lo más interesante de la COP pasó, paradójicamente, fuera de la misma COP: en la cumbre social por el clima, en las manifestaciones y movilizaciones a pie de calle, en el debate abierto, al fin, en muchos medios de comunicación.

Es entonces cuando cabe preguntarse: ¿para qué valen las COP, si no son capaces de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y tampoco de dar respuesta a las demandas de la ciudadanía? Sé que las negociaciones son extraordinariamente complejas, que desde fuera se ve todo mucho más claro y fácil. Admiro y valoro a muchas personas que dan lo mejor de sí mismas para que se produzcan avances de calado. Pero cuando parece que el objetivo último y quizá único de las cumbres es celebrarlas, como decía Cebrián, es que hemos perdido el foco. Permítanme ahora otra cita.

Desperdicio

«El principal peligro que se puede presentar sería la conversión de la próxima etapa en un periodo de congresos, simposios y mesas redondas. (...) No existía una obsesión real de urgencia en la mayoría de los participantes aun cuando se mencionó frecuentemente la palabra supervivencia. No se observaba indicio de un cambio real en las prioridades. Teníamos la impresión de que, cuando se ha asistido a un congreso, se ha asistido a todos. Solo los jóvenes parecían estar motivados por un sentimiento de urgencia, ya que la inacción equivale a ser espectadores pasivos de la destrucción del mundo».

Esta cita la escribió en 1971 Juan Ignacio Sáenz-Díez en su libro ‘La civilización del desperdicio’. Resulta angustiante comprobar cómo, 50 años después, se han cumplido sus peores temores sobre la futilidad de las conferencias por el medio ambiente, sobre la vacuidad de las llamadas a actuar de forma enérgica y decidida.

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Cumbre fósil

¿Y ahora qué? El mayor legado de Madrid será devenir la última de las cumbres fósiles que no consiguieron, durante décadas, frenar el cambio climático. La mejor forma para poder conseguirlo es examinar lo que pasó hace un año con espíritu crítico, apagar las luces estroboscópicas y guardar los ‘photocalls’ en el almacén. Y tomar, claro está, buena nota para 2021, cuando se retomen las negociaciones tras un año de parálisis pandémica. Ojalá no tengamos que escribir estas palabras de nuevo en 2022, después de la enésima decepción. Necesitamos cambiar de timón, no solo de rumbo.