RECUPERACIÓN DE UN PATRIMONIO PÚBLICO

El alma de Meirás

El verdadero valor del pazo que terminó en las garras de Franco es que atesora la memoria de Emilia Pardo Bazán

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La biblioteca de Emilia Pardo Bazán en el pazo de Meirás.

La biblioteca de Emilia Pardo Bazán en el pazo de Meirás. / Conchi Paz

Dedico varias horas a leer y contemplar el inventario de los bienes del pazo de Meirás, ordenado por la juez Marta Canales, como quien lee una novela. El documento comprende todos los bienes contenidos en el edificio que perteneció a la escritora Emilia Pardo Bazán y que terminó en las garras de Francisco Franco, tras varias maniobras entre serviles y fraudulentas. Hasta que la justicia decidió hace poco lo contrario, los nietísimos se creyeron con derecho a veranear allí, y eso hicieron.

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El inventario se llevó a cabo el pasado 11 de noviembre. Cuatro técnicos –dos hombres y dos mujeres: dos arquitectos, una historiadora del arte, una arqueóloga–, armados de una cámara Reflex, fueron guiados por una pareja de guardeses a través de las más de 30 estancias. Tomaron 1.021 fotografías de 697 objetos. En las fotos todo tiene ese aire de casa a la espera de sus dueños. Las camas están deshechas; las cortinas, corridas; hay alfombras enrolladas por todas partes. Solo que esta vez los dueños somos nosotros. Todos y cada uno.

Barcos, trofeos, armas...

En la casa hay de todo: maquetas de barcos, trofeos de caza, confesionarios, secreteres, cuadros, tallas románicas, armas, tapices y hasta esculturas de piedra procedentes del pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago. Los Franco arramblaron con todo, sí. Solo una catalogación exhaustiva y futura demostrará hasta qué punto. ¿Todavía le sorprende a alguien?

Abundan los retratos: Franco con el uniforme de falange, Franco de general, Carmen Polo con vestido de noche, o de tarde. Franco y Polo jóvenes, o viejos, o juntos, o por separado o con su hija. De doña Emilia solo hay uno, precioso. Se la ve joven y luciendo un elegante traje de noche azul típicamente romántico, que le deja los hombros al aire. Tiene aires de dueña y señora, de respondona, de curiosa impenitente, de mujer incómoda e inteligente. Lo que siempre fue. Está en su sitio. En su casa.

Tres bibliotecas

Busco los libros. Hay tres bibliotecas en el pazo. La de la primera planta está catalogada, ordenada alfabéticamente. Los libros llevan el sello rojo de doña Emilia. En las fotos no se aprecian títulos ni autores, pero basta conocer un poco a la coruñesa para saber qué puede haber en esos estantes: mucha literatura francesa –lengua que dominaba y traducía–, seguramente en primeras ediciones; tal vez ejemplares dedicados por algunos de sus amigos –de Pereda a Clarín, de Oller a Galdós, quien fue algo más que amigo–, novelas en varios idiomas. También poesía, teatro, filosofía, arte, sociología y libros de cocina.

Dice el inventario que no se han abierto armarios ni cajones porque los objetos personales no eran objeto de interés. Puestos a soñar, me gustaría que cuando esos cajones y esos armarios se abran aparezcan en ellos las cartas que Galdós envió a doña Emilia y ella, contra lo que se cree, no quemó. Me gustan las historias de tesoros encontrados en trasteros, buhardillas o bargueños cerrados. ¿No podría haber un cofre en esa inmensa casa, solo uno, cuya llave se hubiera extraviado hace mucho y nadie hubiera tenido interés en buscar?

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Libros cubiertos de hollín

Hay otra biblioteca en la torre de la Quimera, el lugar donde doña Emilia trabajó siempre, y que se quemó en 1978. Dice el inventario que los libros que quedan en sus baldas están pegados los unos con los otros y cubiertos de hollín. En las fotos se percibe el destrozo. Aunque tal vez no sea tanto, pienso. Todos sabemos que los libros arden fatal. Tal vez puedan aún salvarse. Me tranquiliza pensar que los Franco debieron de tener poco interés por ese tesoro. Por ninguno de los ejemplares que había en la casa. ¿Los leyeron? ¿Los abrieron siquiera? En esos volúmenes está el alma de Pardo Bazán. El alma de Meirás, que viene a ser lo mismo. Ojalá a alguien se le ocurra que deben quedarse ahí, en su sitio. Que la casa debe abrirse a quienes admiramos a la que fue una de las mejores plumas de su tiempo y a quienes no la conocen o no la recuerdan. Que su presencia debe recuperarse en los salones que ella habitó, de donde el dictador y su familia deben ser borrados. Que la memoria debe decantarse por ella, no por los otros.En el 2021 que ya se acerca se cumplen 100 años de la muerte de Pardo Bazán. Devolverla a donde pertenece sería el mejor modo de homenajearla.