10º aniversario de su muerte

Enrique Morente, flamenco alto y del suelo

La Suma Flamenca de Madrid este 2020 está dedicada a este artista, uno de los más imponentes de este país

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Concierto de Enrique Morente en el Liceu, en el 2010.

Concierto de Enrique Morente en el Liceu, en el 2010. / Elisenda Pons

"De mi balcón flotante fui colgando tus besos / Y ahora todas las noches repican con el viento". Con este verso de Pedro Garfias arrancó Enrique Morente Allegro Soleá, su incursión en la música clásica junto a Fantasía jonda. La primera vez que mencionó el proyecto fue en 1986. De ese sueño lírico al rock de Omega pasaron 10 años, el tiempo que hace ya que se nos fue. 

Esa década, iniciada y coronada con dos joyas, refleja lo que ganamos con su obra y perdimos con su muerte. Década en la que colaboró con la orquesta marroquí Chekara; descubrió las voces búlgaras; hilvanó la misa flamenca más bella del mundo; creó Discos Probeticos, y se unió a un dios de la guitarra en 'Nueva York/Granada, Morente-Sabicas' demostrando que era un creador sin techo que conocía las lindes.

También ganó entonces el Premio Nacional de Música. Él dijo que no era un reconocimiento a su obra, sino al género, aunque quizá se lo dieran a su mirada, don que se entrena, pero no se aprende. O a la inquietud que lo mantenía en movimiento. O a su rebeldía, la que le hacía quitarse el sombrero solo para mirar dentro y convertirlo en chistera, nunca en pleitesía. De ahí salieron centenares de cantes, versos e ideas, muchas aún desconocidas.

La Suma Flamenca de Madrid este 2020 está dedicada a Morente. Toda comparación es tramposa, pero hay nombres en ese programa que representan, sin buscarlo ni decirlo, alguno de los rasgos que lo hicieron grande: la curiosidad incesante (Rocío Márquez); el descaro sin traición con los maestros (Sandra Carrasco) o el uso de una voz llevada al límite (David Lagos). Seguir el propio rumbo es el único honor que pueden rendir sus compañeros a un hombre que odiaba los homenajes. Por eso el de las autoridades no debería ser nunca darle su nombre a plazas y colegios, sino enseñar su obra. En escuelas y conservatorios, a veces los más sordos: a su talento en concreto, y en general, al flamenco. 

"Nadie hable mal del día hasta que la noche llegue", cantó, y 10 años después de su muerte ya es hora de decir, sin excusarse ni dudar, que Morente es uno de los artistas más imponentes de este país. Un vistazo a los más vendidos de esa década escogida –Sergio y Estibaliz; Ana Belén y Víctor Manuel; Mecano; Alejandro Sanz, María del Monte– da una medida. Esta comparación es otro charco, pero no enfrenta gustos ni 'rankings', sino exigencias creativas. La de Morente fue incalculable, tanto como el amor con el que trató al flamenco, al que asumió como complejo y no pretendió dominar, solo darle alas, luz, caminos, y así demostrar lo ancho que podía ser un universo empeñado tantas veces en mostrarse obtuso. 

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Para lograrlo, le dio puntas de fuga: otras músicas o letras y autores menos evidentes u olvidados. Y altura: una muestra, minúscula pero elocuente, es la copla en la que unió a Picasso y a Zambrano con La Cañeta o Juan Breva, pues nadie como él entendió que el flamenco es cultura. Tan alta como el balcón volador de Garfias, tan del pueblo como el viento y los besos.

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