Un valor en plena pandemia

Pequeño gran comercio

En tiempos de distanciamiento, las tiendas de barrio han sido el acercamiento social

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Verduras en una tienda. 

Verduras en una tienda. 

Recuerdo cuando, de pequeña, le pedía a Elvira en su tienda la palmera con más chocolate y ella sabía que me hacía feliz. La dependienta de la papelería conocía mi último trabajo del colegio y que le compraría 20 duros de caramelos de nata antes de irme. En la panadería, Pepe sabía que a mi hermana le encantaba la ensaimada con mucho azúcar glass. Y en la juguetería, que mamá triunfaba si me regalaba un perro de peluche antes que la Barbie. 

En el pequeño comercio del barrio aprendí a perder la timidez al hablar, a conocer al vecindario, a escuchar conversaciones de mayores, a ver cómo las mujeres se preguntaban cómo estaban o que alguna no quisiera confesarlo hasta que se quedaba a solas con la dependienta de la tienda. En el pequeño comercio del barrio supe cuánto era un kilo de manzanas o 100 gramos de jamón, memoricé la lista de la compra para decirla por primera vez sin equivocarme, aprendí palabras nuevas y a no confundirme con las monedas y billetes. Fue alucinante cuando descubrí que con 100 pesetas tendría 20 fresas de golosina. 

A la vez, mamá y papá nos llevaban también a las grandes superficies, donde yo tocaba todo, pero donde todo me venía grande. Incluso esos pasillos enormes donde temía perderme y que mi nombre acabara escuchándose por megafonía. Hoy, en la barriada donde crecí hay otros comercios, y donde vivo ahora estoy rodeada por cuatro centros comerciales. El pequeño comercio del centro histórico intenta no ser engullido por franquicias. Resisten dos tiendas de ultramarinos y la última frutería cerró cuando su dueña murió. Muchos locales fueron sustituidos por bares, ahora cerrados ante la falta de turistas, que dejan calles desiertas sin vida. 

Me esfuerzo por ir en busca de las tiendas que quedan. Allí encuentro parte de este buen trato, esa puesta al día de saber cómo estamos y esa complicidad cuando saben de antemano qué necesito. Juan me hace el corte de pelo que quiero sin explicarlo, mi frutera Diana busca las chirimoyas pequeñas porque son mis preferidas, en la floristería saben que adoro los tulipanes y claveles, y mi panadero busca mi pan de cereales en cuanto llego al local. 

En el confinamiento, tras las primeras semanas donde estaban solo los supermercados, grité de ilusión cuando mi frutero dijo que me llevaba a casa lo que necesitara. Lo mismo ocurrió cuando mi panadería empezó a hacer repartos. Que vinieran a casa era, además, el instante de vernos y de preguntar cómo estábamos, aunque fuera a metros de distancia. De sabernos y cuidarnos. Fue el momento del boca a boca, cuando se alertaba por redes de personas mayores que no podían salir a comprar. El reparto del pequeño comercio, junto con las redes de vecinos, llegaban donde nadie. Porque no todo el mundo puede ni sabe hacer el pedido 'online' del supermercado, ni tiene bajo su casa el buzón de Amazon. 

Ahí tienes un nombre propio. No te hacen sentir invisible ni frío, sino que formas parte de una comunidad que se preocupa por ti

Creo que en esta pandemia, más que nunca, se ha demostrado que el pequeño comercio es grande. Cuando empezó la desescalada, entraba en esas tiendas y era raro quien no preguntaba sobre alguna vecina mayor, quien no fiaba cuando no había dinero suficiente o era extraño donde no se controlaba si todos los que forman parte de ese entorno estaban a salvo. Ahí tienes un nombre propio. Es donde no te hacen sentir invisible ni frío, sino que formas parte de una comunidad que se preocupa por ti. En mitad de una pandemia que aumenta la soledad, eso es un valor. Y en una sociedad donde esos negocios, además, son gestionados por muchas mujeres que encuentran en ellos el único camino para emprender y ser autónomas, sin depender de nadie. En tiempos de distanciamiento social, el pequeño comercio ha sido el acercamiento social. 

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Supongo que con el tiempo, y con dolor, esto desaparecerá. Muchas tiendas se digitalizarán como única forma de competir en un mercado voraz. No sé si nos atenderán robots, si todo estará en estanterías mecánicas o si los buzones de Amazon con inteligencia artificial preguntarán cómo estás. No tengo ni idea. Pero me pregunto cómo aprenderán los niños y niñas a memorizar las listas, a saber lo que es fiar la compra, a preocuparse por el otro o a perder el miedo a hablar para pedir, en voz alta, la palmera con más chocolate.