NUEVA TENDENCIA

El mundo en 'streaming'

La pandemia nos ha privado de muchas cosas y también nos ha familiarizado con otras

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Patio de butacas

Patio de butacas / FERRAN SENDRA

En lo que viene durando la pandemia hemos perdido muchas cosas. Son cosas que, llegada la hora del balance, se consignan en la columna del 'debe' y, por consiguiente, duelen lo suyo. Están en la mente de todos y no hay porque nombrarlas siquiera. Baste con el duelo y el lamento interior de cada uno. Pero hemos ganado otras muchas. Justo aquellas que veo anotadas en la columna del 'haber'. Estas no solo no duelen, sino que, muy al contrario, abren puertas y ventanas a paisajes desconocidos o poco transitados hasta el momento. Son los nuevos aprendizajes, las nuevas costumbres, las nuevas palabras que han venido para quedarse. 

Hablamos con familiaridad de lo que hace muy poco nos sonaba a sánscrito o a suajili. Ya decimos pandemia como quien dice primavera, merienda o tarde de partido. Decimos antígenos y Remdesivir como quien dice pan de molde o sacarina. Decimos PCR con la misma soltura que DNI o BMV. Ya nada nos suena a extraño. Y esa capacidad de adaptación es la que conforma y determina nuestra supervivencia; algo que viene sucediendo, por suerte, desde lo más remoto.

Nos hemos acostumbrado también a descifrar, con mucho más tino que nunca, el lenguaje de los gestos. Las mascarillas nos han borrado media cara. Nos han dejado sin rictus ni sonrisa. Pero hemos aprendido a cambio (más de lo que ya sabíamos) a leer en la mirada, a reír con la mirada, a querer con la mirada. A falta de beso, bienvenida sea la mirada cómplice. A falta de caricias, a falta de 'cheek to cheek', bendito sea el 'dulce mirar' de Gutierre de Cetina. Hemos aprendido a subir y bajar las cejas para graduar a gusto nuestro gesto de sorpresa. Y a fruncir el ceño con más o menos fuerza según sea de grande o pequeño el signo de interrogación que tenemos en mente. Todo un curso de expresión facial con matrícula de honor en el examen.

De las muchas palabras nuevas, hay una que ha irrumpido con fuerza inusitada: 'streaming'. Hasta los menos duchos en la cosa de las redes saben ya que ‘streaming’ significa tener lo impensable al alcance de la mano, viajar lejos sin salir de casa y ocupar a capricho -cuando quieras, como quieras-, la mejor butaca del Real, del Liceu, de la Comedie Française o del Teatre Lliure. Cientos de representaciones teatrales, conciertos, ópera y ballet, a voluntad. 

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En los meses de marzo y abril, al principio del desastre, teatros de todo el mundo ofrecieron sus producciones, de manera generosa y altruista, para llenar en casa el ocio forzado que nos habían/habíamos impuesto. Toda aquella aventura, improvisada sobre la marcha, ha cuajado ahora en una oferta que no solo complace a millones de espectadores virtuales, sino que dibuja golosas expectativas a quienes saben ver, en este nuevo camino, una nueva industria, una nueva y rediseñada taquilla, y hasta un nuevo milagro: el de la multiplicación de los panes y los peces versión 2.0. 

Seamos conscientes, sin embargo, que nada esto sustituye la emoción del encuentro en el teatro ni la satisfacción del aplauso en compañía.