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La residencia de ancianos La Pau (Barcelona), el pasado mayo.

La residencia de ancianos La Pau (Barcelona), el pasado mayo. / FERRAN NADEU

Una de las situaciones más dramáticas que estamos viviendo en esta época de crisis del covid es la que se está produciendo en las residencias de gente mayor. Una residencia es un sustituto del hogar. No es un hospital para gente mayor. No tiene la estructura, ni los recursos ni el personal de un centro sanitario. Es su casa. Cuando no es posible continuar viviendo en su casa, por lo que sea, la residencia pretende ser su equivalente.

Hace algunos años, la mayoría de los ingresados tenían un aceptable nivel de autonomía y salud. En Catalunya la esperanza de vida se ha incrementado notablemente. Somos un país envejecido, en el cual las estructuras de apoyo familiar que existían en la época de nuestros abuelos, ya no están. Los residentes son cada vez más mayores, más frágiles, con más enfermedades asociadas y, por tanto, requieren otro tipo de asistencia.

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La eclosión del covid ha acentuado el problema. Un espacio con alta densidad de gente frágil, escasa separación entre personas y muchos espacios y superficies comunes, es un espacio potencialmente ideal para la transmisión.

¿Cómo podemos proteger a estas personas? No es nada fácil. La residencia es como un castillo. Una vez garantizado, por ejemplo, mediante tests, que los residentes y el personal, en aquel momento concreto, no son positivos, la infección solo puede venir de fuera. Aunque restrinjamos o prohibamos las visitas y las salidas. El personal sale cada día y va a su casa. Entra personal de mantenimiento o similares.Toda esta gente, familiares y visitantes, residentes que los domingos o festivos van a casa de los hijos, salen del castillo y entran en contacto con otros núcleos poblacionales, que pueden estar infectados e infectarlos. Y si entra el virus, los residentes, frágiles, con muchas zonas comunes, con interrelación constante, son dianas fáciles. ¿Qué podemos hacer?

No tenemos demasiadas herramientas. No hay vacunas. Distanciamiento, difícil. Higiene, no es fácil con esta población. Uso de mascarillas. Estamos hablando de personas mayores, muy mayores y frágiles, muy frágiles, que no siempre están en condición de entender y cumplir determinadas medidas. Ventilación. Cribas, sí, pero desengañémonos. Un PCR o test de antígenos no es más que una fotografía de un momento concreto. Podemos estar incubando o ser negativos o infectarnos después del test. Es útil, claro, pero sirve para lo que sirve. No es una garantía absoluta. Limitación de contactos externos, sí, pero no son dependiente, ni tan solo físicamente, sino también emocionalmente. Y romper el contacto con su familia puede significar un daño irreparable.

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Debemos repensar el modelo residencial. Nos hace falta más personal y otro perfil de personal, más formado y estable. Nos hacen falta estructuras diferentes, que posibiliten el aislamiento cuando sea necesario. Nos hace falta ser capaces de hacer una detección y una respuesta precoz y enérgica. La sociedad ha cambiado. Las residencias, que forman parte de nuestro entramado social, tienen que cambiar.