Pros y contras

Plenitud, también

Se lee en minutos
Público en un teatro.

Público en un teatro. / JULIO CARBÓ

Hay disciplinas artísticas que necesitan del público, que tienen sentido porque alguien mira, escucha y late con la inmediatez del momento. La lectura, en cambio, es una actividad solitaria, bebe de la implicación íntima. En el magnífico inicio de 'Sobre la lectura', Proust evoca «los días de la infancia vividos en plenitud, los que pasábamos con el libro que más nos gustaba». Todo lo demás desaparecía y, aunque parecían días evaporados, de hecho es la lectura lo que le hace recordar todo lo que aparentemente se perdía por haber leído mientras los demás jugaban, comían o se aburrían.

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El teatro no quiere este aislamiento. Por eso era tan difícil hacerlo sin público. Por eso estoy a favor de las iniciativas que, con los escenarios cerrados, han llevado el teatro a casas y pisos. Ante el cierre forzado, ha habido imaginación: emisiones en línea, susurros poéticos individuales, nuevas construcciones dramáticas que, sin traicionar la esencia, han hecho teatro sin el calor del espectador. Nada se parece al efímero momento vivido en compañía de desconocidos, pero también recordaremos, como Proust, la plenitud vivida en la distancia, en la intimidad desierta del sofá.

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