LOS BLANCOS SE ACOSTUMBRAN A PERDER

¿Y el Madrid, qué, campeón de Europa, no?

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Jugadores del Real Madrid, en Donetsk

Jugadores del Real Madrid, en Donetsk / AFP

Dice mi amigo Anton Meana que en el vestuario del Real Madrid hay un lío de narices, que hay jugadores que se pasan el día murmurando, que no todos tienen claro lo que están haciendo y que empiezan a sospechar que la flor de Zinedine Zidane necesita o riego, o abono, o una nueva maceta.

Yo a Meana me lo creo siempre. No sé, es de esas personas que me da una confianza tremenda y, sobre todo, como dicen todos sus colegas jamás cuenta algo de lo que no esté muy, muy, seguro. Bueno, pues eso, que este Real Madrid, que, como diría otro maestro como Manolo Lama, está para lo que está, es decir, para el campeonato doméstico y poco más, se complicó, de nuevo, la posibilidad de que se cumpla el famoso anuncio de TV de Mitsubishi (1994) donde aparecía aquel medio pastor, medio agricultor, medio jubilado en su refugio de las montañas y le preguntaba al visitante aquel “¿y el Real Madrid, qué, otra vez campeón de Europa, no?” Es decir, que se seguía dando por sentado que, jugase quien jugase, jugase mal o bien, siempre ganaba la Copa de Europa (incluso la Champions, fuese en blanco y negro, o en color).

Menos compromiso, menos

Y es que ya lo decía Pep Guardiola cuando le preguntaban qué envidiaba del Real Madrid (con respecto a su Barça): el nivel de competitividad (que, por cierto, ahora mucha crítica y aficionados ponen en tela de juicio) de los jugadores que visten esa camiseta. Nunca el Barça, decía Pep a los que querían oírle, que eran miles, tendrá esa hambre, esas ganas, ese no rendirse nunca. Me temo que esa furia o determinación ha ido en descenso, desde que la industria del fútbol, como suele llamar Javier Tebas al balompié (¡que definición más fea! ¿verdad?, manchada de negocio), ha superado al deporte, al espectáculo, al entretenimiento, al jugar por jugar, por agradar, por gustar, por complacer.

Pero, claro, de la misma manera que mi amigo Iván San Antonio recordaba ayer, en Radio Marca, que no hay que olvidar que el Real Madrid fue campeón este verano de pandemia “con la ayuda descarada del VAR”, no estaría mal comentar que, cuando se trata del conjunto blanco, el campeón del anuncio, siempre (o casi siempre) aparece una ‘mano de Dios’, es decir, alguien que le echa una mano, como ocurrió anoche en el campo del Shakhtar Donetsk, cuando el árbitro rumano Ovidiu Hategan ‘solo’ mostró la tarjeta amarilla a Varane, tras un rodillazo a Moraes, cuando, un poquito más allá del centro del campo, es decir, lejos aún de la portería blanca, se escapaba sin nadie que le pudiese frenar. Es decir, era roja. Pero no, no lo fue.

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Y, sin embargo, el Real Madrid volvió a salir cruz. El conjunto de Zidane sigue siendo una lotería. Puede, sí, puede que tengan razón aquellos que defienden que los blancos fueron campeones de Liga por renuncia del Barça (eso haríamos bien en no olvidarlo) y por las ayuditas del VAR. Pero me da que, en esta Champions, ni siquiera con árbitros como este rumano, se va a clasificar.

Cosas del Real Madrid. Cosas de la Champions. Y qué ¿el Real Madrid, campeón de Europa, no? Pues no sé.