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La recta (ojalá) final

Cuando en Sant Gervasi me dicen que la mayoría no se quiere vacunar contra el coronavirus, me pregunto si es que se han habituado a este modo de vida semicavernarios

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 Portería vacía en el barrio de Sant Gervasi.

 Portería vacía en el barrio de Sant Gervasi. / ALBERTO ESTÉVEZ / EFE

Para comprobar los efectos del estrés del coronavirus, nada mejor que darse un paseo por mi escalera. De detrás de las puertas surgen conversaciones dislocadas, músicas a volumen de rave ilegal y ladridos que han perdido el ritmo. Se palpa no ya el cansancio, sino una abandonada desesperación, como si la pandemia hubiera acabado por fin de pulverizar nuestra coherencia y nuestra capacidad para la convivencia saludable. Ni siquiera la reapertura de bares y restaurantes, con las pequeñas rendijas de asueto que eso significa, ha mejorado la ansiedad general.

Pero, tranquilos, ya queda poco. A la vuelta de la esquina está ese 2021 que será necesariamente mejor, e incluso podría ser óptimo. Un año cargado de promesas: poder ver a los familiares con domicilios lejanos, poder ver la nueva de James Bond, poder volver a convivir amablemente, poder perder de vista a ciertos vecinos durante largo tiempo si eso no sucede.

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Porque ya queda poco, ¿verdad? La duda se cierne sobre este cronista cuando surge en la conversación el debate de moda: vacuna sí, vacuna no. Según mi peluquero, que por fin pudo volver a abrir, la inmensa mayoría de gente del barrio no tiene planes de dejarse pinchar. Y menos dos veces. Lo que me lleva a preguntarme si en Sant Gervasi hay realmente tanta gente sobrada de posibles, o con proveedores de fórmulas mágicas con (todavía) menos contraindicaciones, o ya perfectamente habituada al modo de vida semicavernario.

Son preguntas que uno ha aprendido a hacerle solo a su pareja. Es mejor no decirlas en voz alta, a riesgo de hacer peligrar, si cabe, un poco más, la delicada entente con el resto de la comunidad. Ahora mismo una charla trivial por estas calles tiene sus riesgos. Hay que aprender a hablar sin decir casi nada, como bien nos enseña el antropológo videógrafo John Wilson en el episodio inaugural de su serie para HBO. Y confiar en que solo queda el tirón final. Y que pronto todo recuperará el nivel de delirio anterior a la pandemia, que no era poco.

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