Dos miradas

No le llames salud

Los trastornos alimenticios son complejos y no tienen una única causa, pero ayudaría no confundir salud con delgadez

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Una paciente de anorexia se apoya contra una puerta de cristal en un servicio especializado.

Una paciente de anorexia se apoya contra una puerta de cristal en un servicio especializado. / FERRAN NADEU

Un cuerpo frente al espejo. ¿Cuántos filtros se interponen entre el reflejo y la mirada? Cuántos velos, cuántas exigencias, cuántas inseguridades y cuántos temores. La anorexia y la bulimia se han disparado durante el confinamiento. Hemos vivido días y días de encierro, inmersos en una tragedia inquietante, con internet como única puerta al exterior y un bombardeo de mensajes sobre dietas y ejercicio en casa.  

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La promoción de la comida sana y el deporte es, innegablemente, positiva. Pero empieza a sumar sombras cuando ambas actividades se convierten en producto de consumo y el siempre ávido mercado las utiliza para convertirlas en una tiranía. Bajo su dictado, el mantenerse en forma excede los términos de la salud. Alimentos que se convierten en anatemas, la sublimación de otros que no son más que carísimas alternativas a los cotidianos, el terror a las grasas, la exhibición de cuerpos que son producto de la cirugía o el retoque fotográfico… El bombardeo es constante y omnipresente. Los trastornos alimenticios son complejos y no tienen una única causa, pero ayudaría no confundir salud con delgadez.