El desapego de los jóvenes a la política

Pacten, que algo queda

Ser capaces de sumar desde el desencuentro no es debilidad, es un refuerzo para la democracia

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Pacten, que algo queda

ANNA BAQUERO

La Diputación de Barcelona ha aprobado un presupuesto récord de 1.008 millones de euros centrado en la reactivación social y económica para mitigar los estragos de la pandemia. El 80% de ese presupuesto irá destinado directamente a los ayuntamientos y a los ciudadanos. La aprobación se ha producido sin un solo voto en contra. A favor: PSC, JxCat, En Comú Guanyem, PP y Tot per Terrassa. ERC y Ciudadanos se han abstenido. Repito, ni un solo voto en contra.  

Resulta extraño ver siglas tan dispares ideológicamente caminar juntas. Ni siquiera parece digno de noticia. Siempre es más jugoso perderse en las pugnas, en los dimes y diretes, en los ataques y contrataques. Hay una concepción del poder afianzada en el triunfo posterior a una contienda. Cuanto más cruenta haya sido la cuita, más admirada es la resolución. Y la exhibición resulta imprescindible. Declaraciones altisonantes y excesivas, ostentación del rechazo... Tan publicitadas son las fracturas como los remiendos. Nada nuevo.  

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Se alardea de la lucha. Y, sin duda, se logra que algunos la vivan con pasión. Especialmente los implicados ideológicamente. El problema radica en las propias ideologías. El siglo pasado se caracterizó por el nacimiento, auge, atropello y desplome de las utopías. Se inició el periodo con una revolución socialista, se siguió con la proclamación de los fascismos y se acabó con los sueños arrasados y millones de personas víctimas de sanguinarios dictadores. De tanto funesto experimento, quedó la fe en la democracia. Una democracia que se pasea fatigada por el siglo XXI ante la mirada indiferente de demasiados.  

El desapego de la ciudadanía hacia la política es evidente y ampliamente debatido. La corrupción, las estrategias partidistas, las limitaciones del poder político frente al dominio de unos lobis sin rostro, la distancia entre discurso y hechos… La democracia se deshilacha al mismo tiempo que crece el descrédito hacia la política. Mientras que el planeta se enfrenta a desafíos inmensos, faltan pensamientos transformadores con voluntad universal.  

Recientemente, el diario británico 'The Guardian' se ha hecho eco de una investigación del Bennett Institute for Public Policy de la Universidad de Cambridge. El estudio subraya que la insatisfacción de los milenials (nacidos entre 1982-1994) hacia la democracia es mayor que la de las generaciones anteriores. “En EEUU, los milenials de 30 años representan casi una cuarta parte de la población, pero poseen solo el 3% de la riqueza, mientras que los 'baby boomer' tenían el 21% a su misma edad. En Gran Bretaña, los milenials son la primera generación que gana menos que sus padres y abuelos. En Grecia, Italia y España, el desempleo juvenil es aproximadamente tres veces la tasa nacional”. 

No hace falta recurrir a ninguna investigación. Basta con saber que el 50% de los jóvenes en España cobra menos de 1.047 euros al mes y comprobar que el precio medio de una habitación -habitación, no piso- en Barcelona ronda los 455 euros. ¿Tanta tecnología, tanto progreso para llegar hasta aquí?  

Hay dos aspectos interesantes en el estudio del Bennett Institute. El primero, la evidencia de que el populismo es un motor movilizador para los jóvenes. Así, recuerda el apoyo masivo juvenil que recogió el populismo de Beppe Grillo en Italia o expone las encuestas actuales que muestran un apoyo desproporcionado de la juventud francesa descontenta a la candidata de extrema derecha Marine Le Pen. Pero la investigación también apunta a la incapacidad de los populistas para ofrecer soluciones reales. Recogen el malestar y los votos, pero acaban alimentando la indiferencia. 

Hay un segundo aspecto relevante en el estudio: la desconexión juvenil no es inevitable. “Nuestra investigación muestra que en países como Noruega o Corea del Sur, donde abundan los trabajos y la educación y la vivienda son asequibles, los milenials pueden incluso estar más satisfechos con sus instituciones políticas que las generaciones mayores”. Al fin, la receta aparece diáfana y sirve para una doble función. Invertir en política social no solo redunda en mayor bienestar de la población, sino que también incrementa la confianza en la democracia

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No abunda en nuestra política el pragmatismo constructivo. Al contrario, desborda gesticulación. Cada acuerdo nace con fórceps y despierta nubes tóxicas de alarmismo. Se denuestan los pactos y se tachan de traición. Como si la pureza residiera en caminar con anteojeras y contemplarnos el ombligo. Mientras, buena parte de la ciudadanía ya mira hacia otro lado. Aburrida del espectáculo político. También inquieta por lo que se viene -o ya se le ha venido- encima.  

Frente a la crispación y la exhibición ufana y sin escrúpulos de la intolerancia, bienvenidas esas negociaciones que, alejadas de los focos, saben forjar acuerdos. Más aún si ponen la reconstrucción social en el centro del pacto. Ser capaces de sumar desde el desencuentro no es debilidad, es un refuerzo para la democracia.