29 nov 2020

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El traspaso en EEUU

Rudy Giuliani, sudoroso y con la línea del tinte capilar corriendo por su cara, durante la rueda de prensa.

REUTERS

El tinte de Giuliani

Olga Merino

Rudy Giuliani no gana para meteduras de pata. El sábado 7, el mismo día en que se proclamó la victoria de Joe Biden en las elecciones, el abogado de Trump anunció una contraofensiva en una rueda de prensa con aires de improvisación a tenor del escenario escogido: entre un sex-shop y un crematorio, frente a un vivero de plantas, a las afueras de Filadelfia. El jueves, otra comparecencia para seguir con la matraca del fraude se coronó con el bochorno del tinte: el calor de los focos le gastó una mala pasada, y enseguida comenzaron a deslizársele quijada abajo unos churretones, entre el color tabaco y el tono moka subido, que, mezclados con el sudor, se enjugaba con un pañuelo blanco. O se trataba de un tinte muy barato, o se lo aplicaron mal o, lo más probable, se untó con rímel las patillas, donde las canas se empecinan en crecer.

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Qué momentazo. Parecía que Giuliani, exalcalde de Nueva York, se hubiese escapado de 'Muerte en Venecia', una ciudad enferma en la película, cuando a Gustav von Aschenbach, de blanco impoluto, comienza a corrérsele el emplasto oscuro que, poco antes, el barbero se ha empeñado en ponerle en el cabello para disimularle los años («¿me permite, pues, devolverle simplemente lo que es suyo?», le dice). Podría parecer un remedo de la escena, con una epidemia incluida, de cólera en la cinta, si no fuera, ay, por las abismales diferencias. En el filme se unen la genialidad de Luchino Visconti, de Thomas Mann, de Gustav Mahler, con el 'Addaggieto' de la quinta sinfonía que eleva hasta los cielos la secuencia final, y el talento interpretativo de Dirk Bogarde, en el papel de un escritor en las últimas. Sentado en una tumbona en la playa del Lido, aun con tinte en el pelo y maquillado como un espantajo, Aschenbach encarna la verdad desnuda: él ya es un alma agotada que descubre en Tadzio, el adolescente polaco, la belleza espontánea que él ya no puede crear.

En cambio, a Giuliani no le compraría uno un coche de segunda mano. Lo suyo es pura filfa, el 'fake' elevado al infinito, la representación misma de la metáfora de «sudar tinta» para impugnar el resultado electoral. Eso sí, parece que pidió 20.000 dólares diarios de minuta. Como en Hollywood.